viernes, 27 de noviembre de 2009

La clave del éxito

Tras un breve sondeo por la red descubro algunas de las señas de identidad de la bloguera de éxito: jóven, de entre 25 y 30 años, preferentemente independizada de los padres. Hace 2-3 años era becaria en alguna editorial, revista o agencia de publicidad y hoy, con un puesto intermedio, se siente la reina del mundo. Comentan a golpe de confesión las clásicas asociaciones de ideas, frescas y chispeantes, de la tardo-adolescencia, así como cualquier otra ocurrencia como las que a una se le ocurren cuando pasea al perro.
Ya no podría decir que lo recuerdo perfectamente porque lo cierto es que lo recuerdo a trozos, y no porque este mayor sino porque mi mapa cognitivo funciona a ráfagas como bien saben mis amigas.
Pero aunque sea a base de patchworks de recuerdos, puedo reconstruir como funcionaba mi cabeza entonces. Creo que la individualidad era inmensa, que la existencia era todo aquello que pasaba por nuestros sentidos y todo lo demás, a penas tramoya y atrezo. “tres cosas que me gustan”, “tres cosas que detesto”, “yo soy así”, “rarezas mías”, “mi mundo interior” etc, sólo pueden ser post de quienes, forever young se saben portavoces destacados de la humanidad. Y es verdad que tienen eco y predicamento porque cuentan con cientos o miles de seguidores interesados en si a la bloguera le gusta el café sólo o con leche o si por casa de pone calcetines de lana o alas de mariposa.
Dios mío, ¡esta gente tiene tiempo! Tiempo de sobra para hablar de perros, articular anecdotarios y reirse del mundo.
Hace 10 años, hace 20 años, yo ya escribía cuadernos, hermosos cuadernos comprados en viajes, de cueros pintados y telas sunctuosas, adornados de collages o reutilizados de cursos y agendas de empresa. Escribía a solas y para mí. Era también el-no-va-más del ensimismamiento y el lugar metafórico donde un perro se lamiera las heridas. Pero no era un escaparate cotidiano exhibicionista sino un espacio de reflexión tan libre como libre es el misterio de la confesión. Con una audiencia única, yo misma.
Sólo sé que mis pensamientos semi elaborados en salas de espera y autobuses merecen menos seguidores, aunque los míos seais ilustres, de los que pueden contarse con los dedos de las dos manos, mientras que “neveradesoltera” tiene más de 1000. Simpática y lozana, asegura que cuando comprobó que el número de sus seguidores llegó a mil sintió un subidón de autoestima, sólo comparable a cuando logró embutirse una falta de la talla 38.
Francamente, nevera-de-soltera, puedo vivir bordeando la 42 pero en el tema de la audiencia me gustaría ser como tú.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El asqueroso hierbajo

Ya no fumo. Soy ex fumadora aunque he fumado cigarrillos durante tantos años que, desde una especie de lealtad mal entendida, aún tiendo a identificarme con los fumadores y sus causas.
Ahora mismo estoy esperando a entrar en la consulta del médico. Desde la ventana tengo vista del edificio de enfrente. Varios balconcitos tienen, lo que podríamos denominar “rincones para fumar”. Una mesa de jardín o la misma máquina de aire acondicionado son los repositorios de turno para el cenicero, el paquete de tabaco y el mechero. Así, si uno quiere fumar se sale a la terraza llueva, nieve o granice. Y es que los fumadores hace tiempo que han comenzado a prohibirse fumar en sus propias casas y son recluidos en esos espacios externos para no atufar al resto de la familia con el “asqueroso hierbajo” que diría Allen Carr.
Pronto los pisos tendrán diminutas narcosalas en las que echarse un piti con alguna mascarilla que al tiempo facilite la dosis y purifique el ambiente como una de esas vaporetas con cubeta de agua.
En buena parte, es por estas cosas que he dejado de fumar ya que, en efecto, la sociedad-libre-de-humos ha conseguido quitarle todo el posible glamour y que el fumador se sienta, por el contrario, como un yonki, que encima de adicto, se paga la droga del propio sueldo, financia su tratamiento de enfisema vía impuestos especiales del 500% y para más INRI se muere antes ahorrando una barbaridad al estado en concepto de pensiones. Como dice Carr, por favor, amigo fumador, no seas gili…

jueves, 19 de noviembre de 2009

Para el mítico George

Mítico y legendario compañero recuerda que:
Acepté tu primera propuesta de amor eterno aquella vez sobre el abismo del Puente de San Pablo. Es verdad que el vértigo y el pánico nublaban mi voluntad, y acepté sin pensarlo pero tampoco es menos cierto que fue uno de los momentos más importantes de nuestra vida juntos.
Regresé tras una breve pausa en la que valoré sin presiones la naturaleza de los estímulos de nuestro amor. Al final descubrí que es posible ser profundo y auténtico sin escribir poesía y también es posible escribir poesía y leer el Hola, que se puede ser intelectual y mamón y también mamón a secas. Que ser intelectual es un un mérito cualquiera como la simpatía o la vitalidad.
Me casé contigo un día de sol, lluvia, granizo, viento y ovejas bíblicas y allí, frente a todos, leí un alegato lleno de razones de por qué te escogí entre todos.
Dimos vida a dos ángeles. Sabes que hay días que uno se emociona sólo de verles dormidos…
En definitiva, somos grandes, compartimos un destino. Amor, estas son las flores que nunca te regalo…

La playa

Los momentos felices, esos malditos y escurridizos sucesos evanescentes, viven en playas como esta del Martín del Burgo que hoy os muestro en portada, entre dunas suaves, con brisas ligeras, sobre mares centelleantes y dentro de ojos y besos que contemplan el paisaje. He sido feliz en Cádiz, en el Cabo da Roca, en las Teresitas, en la Tejita del Médano, en Playa Romana, en Capri, en Oluz Deniz, en Santander, en los sueños de ser feliz en Cerdeña, en Jamaica, en Bali y la polinesia, en una playa fría de la costa este americana, en Costa Rica, en Honduras, en Maldivas y Formentera...

viernes, 13 de noviembre de 2009

Epístola justiciera a toro pasado

Querido jefecillo, hoy recapitulo de todas las veces en que hemos hablado de tí, créeme, y no siempre mal.¿Te extraña? En realidad, yo también pongo hoy la misma cara de pocker que pondrías tú si leyeras esta epístola. Has tenido un protagonismo de todo punto injustificado en nuestras vidas. Injustificado, digo, porque no das para tanto. Lo único que te cualificó, y de forma coyuntural fue esa capacidad, nada desdeñable de influir en nuestra carrera profesional en el reconocimientos de méritos y otras prebendas.
Y es que uno, en ocasiones, ocupa más espacio del que geométricamente le corresponde, cosa que considero un cumplido, anyway, porque expandirse no es una propiedad habitual de los cuerpos, y en tu caso, es un mérito doble, porque, incluso, geométricamente, eres menudo. Otros cuerpos más largos y pasados han generado una influencia mucho menor e infinitamente menos horas de conversación que tu pequeña geografía.
Tu gran motor ha sido, sin duda, tu natural energía, tu incansable energía capaz de desgastarnos a todos, como un molino desgasta las puas.
Al tiempo, has sido un jefe encantador, sonriente y optimista, un auténtico encantador de serpientes. Aunque para ser justa, y esa es mi misión de hoy, has sido totalmente insensible a las horas de trabajo y a nuestros destinos y, francamente, creo que si has sonreido tanto, ha sido por la felicidad que te ha producido ensancharte a nuestra costa como un air bag contra el habitáculo, sin el más mínimo miramiento.
Hemos sido ranas, y la rana es rana, aunque esté baqueteada y el escorpión, escorpión, hasta el final.
Esa ha sido, finalmente, la razón de mi resistencia, mi recalcitrante intento de que no me engullas.
Ahora soy una mujer más madura, que comprende los procesos, las dinámicas corporativas y los juegos políticos más complejos. Pero, sincerelly, fuera de la oficina me habrías durado tres asaltos.
El capitalismo más oportunista y un cierto machismo posmoderno han corrido de tu parte. Pero poco más, sigo en mis trece, sin zanahoría que roer, jodida y radiante, totalmente libre de tu influjo.
Yours faithfully
Amelia

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ponte en mis zapatos

Hace ya algunos años leí un eslogan corporativo que interpelaba al empleado ¿te pones en los zapatos del cliente? La frase estaba acompañada de una foto en la que dos niños jugaban a eso, a ponerse zapatos que no eran suyos sino de otros con pies mucho más grandes. Ya entonces me gustó la idea porque significa empatizar y prestar un servicio al otro asumiendo que el tallaje sería diverso y que, en todo caso, eso no iba a ser un problema.
En las relaciones personales pasa igual. El otro día, charlando con mi marido, surgió la necesidad de profundizar en las razones del otro, en el dolor del otro, intercambiándose los zapatos.
Nos miramos y yo le dije -A mí me van a sobrar, y a tí te van a doler-.

Círculos

Círculos: geografía esférica formada por una continuidad de puntos cuyo origen y destino acaban uniéndose.
Ciertas historias o pedazos de ellas,
de forma redondeada,
empiezan y regresan.
No con el fatum del eterno retorno,
ni como teoría del destino
como pieza de cierre de lo imcompleto.
Es, más bien, como la fábula del escorpión y la rana,
una cuestión de naturaleza.
La naturaleza esférica
del largo plazo
de las aventuras estructurales
de lo vivido recurrente.
Lo importante, al fin,
que vertebra lo accesorio
y le impide
centrifugar.

martes, 3 de noviembre de 2009

Mi madre

Mi madre ha sido, sin parangón, la mujer más maravillosa que he conocido en mi vida. Y lo digo ahora, con esa distancia que ha nacido de la búsqueda de las grandes respuestas. De pequeña, mi madre hacía tartas con forma de tren, de casita, de puercoespín y a mí, todo eso, me parecía normal. Aunque también me preguntaba por qué siempre me daba embutidos cocidos en lugar de chorizo de Pamplona. Pero no recuerdo que al mirarla sintiera lo que siento hoy por ella. Sí sé, que el día que vino a buscarnos al cole con la mano vendada sentí miedo y desconcierto ante el hecho de que las mamás pudieran sufrir accidentes domésticos o estar enfermas.
Poco a poco descubrí que mi madre leía mucho, libros gordos, un concepto deslumbrante a los ojos de una niña. Fue, tiempo después, que aprecié sus maravillas. Porque Teresa, mi madre, tiene la habilidad cósmica de proyectarse. Así, tenemos a Teresa y sus maravillosas plantas, lustrosas como magnolios brillando al sol. Teresa y su pintura, prolífica y colorista. Teresa y sus menús deliciosos, pimientos asados hasta parecer golosinas, verduras casi fundidas entre sí como amándose. Teresa y su gestión de la economía. Teresa y sus pequeños detalles de coliflores con piruletas y pajaritos con lunares.
Primorosa con las formas, mi madre ha sido, sobre todo una gran mujer de contenidos. Ha sido una mujer muy sabía. Pero más allá de su habilidad para atar los cabos sueltos del análisis, siempre fue soñadora, soñadora despierta, para ser más precisos. Y gracias a esa cualidad creativa y generosa, todos hemos tenido maravillosos trabajos bien pagados y bien valorados en los que éramos felices, teníamos éxito y conciliábamos a las mil maravillas con nuestras preciosas familias. Todos hemos tenido las más satisfactorias vidas en sus sueños porque, en el fondo, era eso lo que ella quería para nosotros y también lo que ha querido para sí misma.
Mi madre ha gestionado después la realidad, a menudo menos completa y plena que en los sueños, y lo ha hecho excepcionalmente bien, fuerte ante el dolor, paciente ante la desesperación, templada ante el fracaso, como una virtuosa clásica.
No ha habido ni una sola vez en que mi madre haya flaqueado en vivir cada instante, jugando como los niños, entregando su tiempo, iluminando los rincones oscuros. Y es que mi madre tiene una luminosidad esférica, una suerte de amanecer perpetuo que, como a borbotones salidos de la boca, encienden el espacio que habitamos.
Consejera experta, es conocedora de mil secretos en confesión, dueña de esas verdades como puños que las conversaciones amasan, a partes desiguales de empirismo y deseo.
Mi madre ha surcado los mares del índico, atravesado mil veces los fiordos noruegos, ha poseído mil propiedades de ensueño porque nunca ha dejado que la realidad le estropeara una buena ficción.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Ana

Ana acaba de lanzar uno de esos discursos redondos plagados de ideas-fuerza y elocuentes pausas. No hay nada que más me emocione que un buen discurso político y aunque no lo presencié la conozco tanto que puedo reconstruir la parte en que ella mira un poco a ninguna parte, chasquea un instante la lengua contra el paladar y afirma grandiosa: -me voy se esta empresa por motivos morales (pausa) porque no me gusta nada como tratáis a los trabajadores, básicamente.-
De haber estado en la habitación donde todo ocurrió habría querido aplaudir y gritar “bravo, bravo” al tiempo que lanzaba onomatopeyas deportivas y levantada un puño en señal de victoria (no de victoria sindical sino de victoria olímpica porque en estas lides soy fanática de Ana).
Ana ha estado espléndida, valiente y linda como un lienzo de Bottichelli, desgranando una por una las verdades del barquero de su cambio de empresa. Verdades y razones que nos visten o nos desnudan, como en este caso, y contribuyen a desquebrajar la tela de araña de imposturas, travestismos profesionales y demás mentiras que suelen hacerse en nombre del amor, el compromiso y la lealtad.
Ana sale del armario e ilumina nuestra fe en la humanidad. Ana ha pasado como Jesús sobre las quebradizas aguas de las falsas promesas –En Enero hablamos de lo tuyo-.
“Ya no os creo”. Subraya Ana, con su carita de muñeca, “Quiero cambiar de vida, cambiar el color de mi pelo, cambiar de casa, de país, cambiar de mundo, de universo, de alma, de cuerpo, de cosmos, de destino…y vosotros no podéis darme nada que yo necesite en este viaje”.
Anita es así, dubitativa antes de los saltos decisivos, salta más lejos y más osadamente de lo que su imagen dulce y frágil hubiera podido insinuar. Leal a sí misma hasta el final infunde en los saltos la velocidad de quien se sabe en el lado correcto del abismo.
Magnífica para escuchar, colaboradora nata, siempre da y siempre recibe algo a cambio sin necesidad de súplica.
Ana persigue sus sueños y el camino, se va tornado en parte del sueño y poco a poco, el sueño ya es el propio camino. Como Ulises navegando hacia Ítaca.
Ana siempre hace las cosas a sabiendas. Ana es libre y no traspasa a las excusas ni al tiempo la responsabilidad de sus actos. Hasta para gozar Ana está determinada al gozo o la evasión o a la pereza. Sin culpa, vive una vida que a sus ojos se expande como el Big Ben.
Ana, bravo por tu generosidad y tu determinación, Brava, bravísima.