martes, 22 de diciembre de 2009

Hoy me ha tocado la lotería

Hoy me han tocado la lotería. Bueno, en realidad ni siquiera me han tocado a mí, sino que mi padre me ha participado la mitad de su premio junto a mi hermano.
Minutos antes de la noticia ibamos diciendo en la ofi cuanto dinero sería necesario para que nuestra vida cambiara radicalmente. Yo no me conformaba con menos de un décimo del gordo. Mi compi JL, en cambio, era más ambicioso y cifraba en 4 millones de euros la cuantía verdaderamente transformadora, una vez descontados los gastos fijos impepinables de todo hijo de vecino, casas, coches, deudas anteriores y sueldos vitalicios para no tener que trabajar nunca jamás.
En mi versión más barata de la suerte, con mis 300.000 euros me hubiera ido con mi familia a vivir dos años fuera de España mientras yo hacía el curso de mis sueño en Harvard y Jorge hacía lo que le diera la real gana (prospecciones del sector del vino en la costa este o clases de karate para niños).
Unos minutos después llamó mi hermano. Al principio no le entendía ¿qué dices? no te oigo bien. SFFFFFFFFFssssatttttttttquepapájjlllllllllllsiemprecompralaloteríajqqqqqenla misma administracióndelacallebravomurilloffffffffffffffffffffkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkosea queNOS HA TOCADO LA LOTERÍA.
De repente contube la respiración, y contube los nervios, tal y como suelo hacer en los momentos críticos, actuando con calma y autocontrol, como si nada. Yo lo asimilo con la dignididad pero es también una especie de prevención contra frustraciones sobrevenidas.
Esta vez era cierto. No podría creerlo. La lotería era la única opción que en mis reflexiones de happyswifter no había barajado.
Me veía en el campus en otoño, con los nenes corriendo sobre las hojas secas y esa sensación de vértigo de película.
¿queeeeeeee? ¿en serioooo? ¿seiscientos eurosssss? sonreí pero en realidad por dentro me sentía como cuando doblas la esquina y el 14 arranca sin tí.
Bueno, al final no nos ha cambiado la vida. Aunque me arregla es mes, la verdad.
Más resignada, ya no me visualizaba en Harvard aunque sí en un buen masajista zen. Y me compraba unos zapatos que no necesitaba pero que costaban más de lo que hoy podía pagar sin dolor.
¿comooooooooo? aaaaaaaaah.....60 euros..........
Finalmente no cambiaba mi vida y tampoco mi mes pero mejoraba, sí, mi depauperado saldo durante unos días.
Nada. Sesenta euros de nada. Todo sigue, como era previsible, tal cual estaba por una común, insignificante, aleatoría, caprichosa y simple, cuestión de ceros.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Espejismo musical tras oir Samskeyti de Sigur Ros

Sin música la vida parecería un error..o quizás sea al revés, la vida con música alcanza todo su sentido. Es plena.
Es plena, porque sirve para ver mover las hojas de otoño y saborear así el cosmos en equilibrio.
La música hace posible que ver oscilar los leds azules de navidad del vecino te haga completamente feliz.
Y pienso, que suerte ver el árbol, la luz, las imágenes borrosas que uno ve de medio lado. Que suerte tengo de estar precisamente aquí y no en ninguna otra parte.
Cada tecla de ese piano es la razón del universo. La banda sonora que justifica todo lo que somos.
Es un espejismo. Lo mismo que el resto del arte. Delicioso...

jueves, 10 de diciembre de 2009

Lo bello y lo sublime

Si hago recuento de mi vida veo a una persona feliz que adereza la normalidad con ciertas dosis de conflicto. Así que recuerdo un día en que mi amigo Miguel me describió como una niña alegre y yo pensé, -ja, qué poco me conoces!- porque para mí, la alegría era una cosa pánfila y sosa. ¡Donde estuviera la pasión, el alma, la tormenta…!
Entre lo sublime y lo bello kantiano yo quería lo sublime y lo bello me resultaba un absoluto coñazo. El amor tenía que ser desgarrador y el desamor una razón por la que morir. Vivo sin vivir en mí, si muero sin conocerte no muero porque no he vivido…No es que yo lo hubiera inventado. Yo era una mera espectadora y el sentimiento trágico de la vida estaba por todas partes. Lo atestiguaba la historia de los héroes y los poetas que levitaba y los amantes que sólo podría hacer el amor volando.
Menos mal que, entre tanto, yo tuve Karate Kid y Admiradora Secreta. Menos mal que hice infinitas coreografías de Jenniffer Beals en Flashdance, mucho antes de que Nany Moretti se la encontrara, como el que no quiere la cosa, por las calles de Roma. Gracias al cielo que me disfracé mil veces como Madonna y que fui heroína de los 50 con mi varita de magia borrás haciendo de filtro de cigarrillo largo.
Menos mal que tuve una vida contemporánea y distraída yendo a esquiar, dibujanbdo comics y jugando a los clics ya que yo apuntaba maneras de Virginia Wolf (lo que digo pretenciosamente, claro), y me embarrada fácilmente en la profundidad más inútil y obscura.
Lo diré una y mil veces, que nadie se lleve a engaño, considero un cumplido no ser una intelectual de mi tiempo, porque eso me habría convertido en un auténtico coñazo de tía, me habría alejado de las muchas comedias románticas con las que he reído y con las que llorado, me habrían robado horas de carcajadas etílicas con Natalia y me hubieran impedido disfrutar de los momentos comunes y corrientes que hacen que uno pueda sonreír por las mañanas y lo más difícil sonreír justo antes de dormir.
Me congratulo de poder ser totalmente lúdica y simple en ocasiones porque cuando una empatiza como yo lo hago, es decir, siguiendo a la RAE, cuando una tiende a identificarse mental y afectivamente con el estado de ánimo del otro, se agradece una pausa al potencial dolor y naufragio.
He aquí la paradoja, mi infancia fue tan feliz que necesité adornarla de drama y, después, mi natural empatía ha necesitado comedia y simplificación para salvarme de tanto dolor como alberga el mundo y tanto dolor como yo misma soy capaz de albergar si me pongo.
No quiero, pues, la Nausea de Sartre, no quiero el Grito silencioso de Oé, no quiero la Babelia de González Iñarritu y mucho menos sus Amores Perros. No quiero sentirme desesperada porque torturan a gente inocente en Zimbawe y les condenan a una noche eterna de pesadillas. O como le pasaba a Carmela, quedarme paralizada de tristeza ante los malos tratos a un bebé o una mujer.
A lo largo de mi vida, sin embargo, de cierta manera ambigua y contradictoria, he gozado con ese tinte dramático que hacía la vida más intensa. Hoy, en cambio, tengo más claro que no puedo cambiar el mundo, vaya mierda..Pero hasta en eso tengo suerte. Como soy una persona afortunada, de infancia feliz, contrato indefinido y capacidad adaptativa puedo escoger como vivir mi mundo. Soy tan privilegiada que he tenido que aportar drama donde nunca lo hubo. Que dilemas postmodernos…
Hoy me deleito besando cada día los párpados de mi hija, pasando el dedo por la curvatura blanca del moflete de Javi, besando los labios de gominola del mítico y respirando el aire frío del invierno sin penas ni derrumbes.
Tengo, aún un camino por andar. No bajeis la guardia. El designio de El Príncipe es alcanzar el poder y mantenerse en él. No basta, pues, la mera impostura del poder, ni el espejismo del poder. Hay que conquistarlo verdaderamente y no poderlo ni por debilidad, ni por torpeza. En definitiva, hay que hacer del principado una misión vitalicia, aprendiendo lecciones y modulando estrategias.
Ceteris paribus, la búsqueda de la felicidad es una condena a perpetuidad. Nunca es fácil saber cuanta intensidad, cuanta paz o cuanta belleza serán necesarios, cuanta cercanía, cuanta distancia, cuantos colores o escalas de grisis, pero habrá que seguir con la alquimia el resto de la vida.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Contra el viento

Nunca tuve instinto maternal, si acaso durante las largas horas de la infancia en las que cuidé al nenuco. Pero a parte de eso, nunca idealicé la lactancia, ni suspiré por el niño en brazos, ni perdí la vista tras carritos ajenos. Muy al contrario, tendí a sentirme ajena y desposeída de esa cualidad de madre potencial.
Sin embargo, años más tarde una descubre que una ama a sus hijos por razones muy distintas al instinto pero tan efectivas como esos otros designios de la naturaleza.
Una va descubriendo ese amor en abrazos taciturnos y esos momentos mágicos en que un hijo reposa la cabeza mientras la mano de mamá se adentra cálida en su pelo. Y en esos juegos de agua y cabriolas felices en que al mirarlos quedamos al tiempo, ensopados y perplejos, olvidados ya de lo increíblemente divertido que es salpicar.
Una madre queda definitivamente loca de amor el día en que sin pedirlo ni merecerlo una hijita confiesa con su voz de cristal azul: mamá te quiero.
Sólo después, ya conquistados sin remedio basta verlos dormidos, con sus pieles templadas como de bizcocho salido del horno o pillados mientras cantan canciones que sólo conocen a medias, corriendo mientras buscan cómplices de juego no porque tengan prisa (porque desconocen lo que es la prisa) sino por el puro y simple placer de correr. Como mi hija y yo mientras gritamos calle abajo “contra el vieeeeento”.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La impertinencia de lo obvio

“La sabiduría no valía la pena si uno no podía servirse de ella para inventar una manera nueva de preparar los garbanzos”
Eso decía el penúltimo Aureliano Buendía de Macondo. Lo suscribo plenamente. La sabiduría, sí, nos salva del estancamiento de los lugares comunes y multiplica nuestras posibilidades de aprender en unas lecciones lo que dicha sabiduría permitió a otros aprender en toda una vida.
Pero la sabiduría también debe ser la herramienta de lo cotidiano, esa suerte de olfato fino que igual se transforma en matemática al servicio de una salsa que en bellas artes al servicio de un salón de té hermoso y estéticamente equilibrado.
Sobre todo, la sabiduría, que por otro lado tan poco abunda, nos libra de la impertinencia de lo obvio. Esto es, de las frases huecas de los puros patanes o de los sinceros torpes. Ocurre así, por ejemplo, cuando uno verbaliza algo que, por evidente debe callarse para no parecer un cateto a babor o peor cuando uno sabe que “eso tan evidente” debe pasarse por alto para no ahondar en el “evidente complejo” del que también sabe y calla.
“Estás más gordo”, “ya te asoma el cartón” “¿y… los niños para cuando?”.
El vicio por la frase hueca es o bien de simples no pensantes o bien, si va aliñada de malicia, de puros patanes, de esos sinceros gratuitos tan alejados de las virtudes clásicas como de sus versiones domésticas. Ni sabiduría pues, ni sensatez, ni templanza ni tampoco su hermana pequeña, la moderación.
Cuando no se tiene ni sabiduría, ni disciplina, ni moderación, se requiere, cuanto menos, un poco de amor al prójimo, en honor al amor a uno mismo, si queremos incluir también al egoísta crónico. Un poco de amor mínimamente cortés que nos tape la boca cuando se nos antoja decir, sin confianza alguna “estás echando barriga”, o peor “¿estás embarazada?” o “¿no eres un poco mayor para eso?”.
Sabiduría, please, contra la zafiedad y amor al prójimo contra su uso meramente mecánico y eremita.