miércoles, 27 de enero de 2010

A los que leen

Hoy, la línea 14 de autobuses se ha convertido nuevamente en emblemático lugar de introspecciones, sólo comparable a un balandro surcando las aguas en un lago de nueva Inglaterra. Allá he tenido una pingüe idea, en absoluto inédita ni sorprendente, “hay gente que no lee”. Ello nos lleva a la siguiente diatriba: existen “los que leen” como categoría de análisis y a ellos quiero referirme.
A los que leen, leemos, se les puede clasificar, a su vez, por lo que escogemos leer y por cuanto leemos. Es importante, los lectores lo sabemos, si se prefieren los filosóficos tostones, las tesis doctorales, las novelas históricas, los escritores checos sarcásticos o las tramas que enganchan a 500 páginas. Sea cual sea la elección, el lector se siente privilegiado, goza con sus minutos de ensimismamiento. Entonces, se adentra a lo más profundo interior pero también viaja y disfruta si se despega un poco del suelo y del cuerpo y se contempla leyendo desde algún otro ángulo de la habitación porque es realmente hermoso contemplar a alguien mientras lee.
Esta pánfila reflexión me llevó a la conciencia de que vosotros, pequeña colectividad de lectores blogueantes, me leéis. Y lo hacéis con un mérito doble porque mis post son comparativamente largos, últimamente que la gente se agota leyendo cualquier cosa que sobrepase la extensión de un haiku.
Pero este no es un intento, si tan siquiera torpe, de ensayo sobre la lectura. Es, sin más pretensiones, una suerte de carta de agradecimiento, mejor, una declaración de amor al prójimo lector, una oda a los que leen en autobuses, camas, sillones y balandros.
Vale, os amo irracionalmente. Os amo, incluso prejuiciosamente, desde la generalización de pensar que leer nos hace mejores personas. En todo caso, se trata de un prejuicio positivo, parecido a la forma en que el amor adolescente, colmado de violines, vulnera los límites de la sensatez y profundamente inmoderado convierte en dioses a nuestros amores, muchas veces, después de demostrados huecos e inmerecidos.
En verdad, estoy siendo irracional y maniquea pero es que la vida está también repleta de verdades como puños, de respuestas binarias. Yo leo. Yo no voy al gim. Sin embargo, aunque pueda trazarse una línea entre lectores y no lectores, entre vigoréxicos y apalancados, lo cierto es que todos hacemos un poco de gimnasia aunque sea sexual y todos leemos un poco aunque sea del reverso del bote de champú.
Ah!, pero cómo ser poeta enamorado sin la exageración de exaltar al amado o qué sería de la retórica sin el perfecto adorno alumbrador. Me reafirmo pues y lo confieso: me gusta más la gente que lee, que transporta su libro en viajes y desplazamientos porque no puede abandonar una historia, que desarrolla su forma personal de separar la parte leída de la por-leer y ojea a los otros lectores del autobús para desentrañar el título que llevan en las manos porque ello encierra un misterio irresistible. Somos una estirpe diversa que ejecuta partituras de versos y prosas y a veces, cuando nos sentimos a sólas, acariciamos los lomos del libro y lo abrazamos, secretamente, con amor.

miércoles, 20 de enero de 2010

Saltan como liebres

A veces las palabras saltan como liebres. Aquella mujer mayor que me vendió un vestido gris años sesenta lo hacía como liebre campera, conduciendo a las palabras de salto en salto, de un lado a otro, de la cooperación al desarrollo a la reflexología podal, del carpe diem a la moda XL, de los robos famélicos al frio de algunos inviernos en El Escorial.
A veces las palabras resumen una vida. Ocurre cuanto una sentencia "soy feliz" o cuando otro asegura "me he convertido en una piedra". ¿qué podemos entonces añadir ante tan elocuentes palabras?
Azu, por ejemplo las emplea maravillosamente, las palabras. En cierta manera las amasa como pequeños gnoqui de patata, las redescubre de otros idiomas y las presenta a la sociedad hispánica tras un breve pulido que las deja sin una sóla arista.
Jorge, en línea, las rescata del olvido rural, esas sí, palabras como liebres más literales que metafóricas, de las que acaban recopiladas por seguidores de Delibes en libros titulados "gentilicios de los montes de cuenca", por poner sólo algún ejemplo.
Hubo un día en que mi hermano solía hacer malabares con las palabras que en sus manos centelleaban como naranjas o bolos brillando al sol en un semáforo cualquiera de nuestras vidas asfálticas.
Palabras, palabras, palabras, que llenan como liebres la habitación y se mueven lo bastante como para que me distraiga y logre, entre cabriolas felices controlar las ganas irrefrenables que desde ayer me entraron de comprarme esos maravillosos zapatos de Marc Jacops y de fumarme un pitillo.

jueves, 7 de enero de 2010

Reformas y pinturas

Quiero vivir, quiero gritar, quiero sentir el universo sobre mí, quiero correr en libertad, quiero encontrar mi sitio…
Menos mal que ya lo dijo Eva Amaral, esta chica tan expresiva, tan moderna…que si no parecería que las crisis de una son un coñazo recurrente de perpetua insatisfecha.
Ya lo he dicho muchas veces, he tenido una infancia feliz, he bailado flashdance, he enamorado al jefe de la banda, he tenido experiencias laborales interesantes, viajado un poco y charlado en varios idiomas. He creído poder explicar lo inexplicable al final de una noche etílica cual revelación mística, he bailado sola en pistas de baile abriendo los brazos como una loca de atar, he tenido una boda de princesa, un príncipe encantado y unos hijos maravillosos.
Aunque también he tenido etapas dolientes, jefes castrantes que me han partido las alas y la ternura. Las he pasado putas cuanto, aunque fuera apostando por el bien y la justicia, me he posicionado en el bando perdedor y he perdido. También me ha pesado esa sensación de pérdida por lo que nunca hicimos y hoy vemos alejarse para siempre como la Fullbright o el primer libro escrito en Manhattan, en definitiva, la envolvente excusa, fuera cual fuera, que nos permitiera vivir en el extranjero para así no tener que exiliarme de mi propio país a la manera metafórica que defiendo en este blog. O cuando el amor se transforma y soñamos con rebobinar aunque sepamos que tenemos algo mucho más resistente al viento y al olvido ahora.
No estoy deprimida sólo quiero subir el volumen y cantar, quiero vivir, quiero gritar, quiero sentir el universo sobre mí, quiero correr en libertad, quiero encontrar mi sitio…con el mismo flequillo negro y roquero que agita Eva en los conciertos.
Esa es, pues, la clave, dar con el lugar, con el sitio. Una gana mucho o poco según con quien se compara, a veces, una está más gorda o más flaca que en según que épocas de la historia, una siente que tiene suerte y se le escapa la felicidad por la boca o agraviada, poco amada, lista y hasta pedante u oxidada y mediana en ocasiones, quizás porque una es lo que es cada vez puesta en un paisaje y un contexto donde nuestros recursos, talentos y ambiciones son correspondidos o resultan inservibles. Así que por qué ser una cualquiera cuando podemos ser la mujer que sabía volar, por qué permanecer tan quieta cuando aún tenemos ganas de bailar, de gritar, de correr…y aquí, la verdad, no pinto nada.