jueves, 15 de julio de 2010

Outsiders

Si tuviera que fundar un país con toda la gente que ha sido insuficientemente valorada o querida en estos últimos años creo que tendría un gran país. Al igual que en las dinámicas observadas en Gran Hermano, el personaje más interesante sale el primer día, luego hay una lucha constante entre malos y tontos que terminan de ganar estos últimos y, salvo esto, que tiene un cierto halo de mérito inverso, el asunto pierde interés desde el minuto cero.
Pero que gran país tendría si pusiera a mi catedrático de referencia de sabio de la montaña, a Pestañitas de Ministra de Economía o a la petisa de secretaria de Estado de Comercio, por ejemplo.
El hecho es que si recompusiera un reino con todos estos principes destronados y princesas, tendría un mundo espectacularmente brillante y plagado de talento, de ojitos iluminados, de gentes transparantes, profundas, honestas, coherentes y muy sólidas.
Los fatuos que no miran a los ojos, los caguetas, los listillos, los eternos conformes y las niñas monas, se quedarían en este otro reino, dirigiendo empresas y dando clases en la peor universidad de europa.
Temblad tristes alineados, nosotros, los outsiders, cual ejército de "v" infliltrado estamos al borde del exilio y no tenemos pensada la fecha de regreso.

lunes, 5 de julio de 2010

El punto de referencia

Espero que tenga razón Deepak Chopra cuando afirma que el punto de referencia para medir la felicidad y el éxito está en uno mismo. Me recuerda a la conversación aquella de las comunidades cristianas en las que se debatía eso mismo y Mariano decía ¿y si te menten un estintor por el cu-piiiiiiiii cómo eres de feliz???
Francamente, deseo que Deepak Chopra no sea un charlatán de medio pelo. Espero que las enseñanzas de sus reinterpretaciones orientales traingan verdad a mi espíritu y paz y energía. Más me vale, que sea eso, que he equivocado el punto de referencia por falta de gnosis. Entonces habría una posibilidad realista de frenar la debacle que desde hace unos años vivo con respecto al éxito exterior.
Uno debe, por el contrario, triunfar porque ama plenamente y disfruta, porque deja cierta huella en las almas de otros y esa huella se convierte en música, en creatividad, en una memoria sobre la que crecer. Uno debe sentirse recompensado porque enamoró al inteligente, porque supo darse al generoso, porque tuvo hijos y los hizo reir y les espantó el miedo y las moscas.
Alfombra roja para el buen conversador, para la mujer que buscó tiempo para iniciarse en el flamenco y lo gozó, para la que montó un blog y se puso a escribir sin esperar a nadie, para el que sale a correr y se queda solo con uno mismo y sufre si cree que su alma está perdiendo su luz.
Dice Chopra que cuando uno pone el punto de referencia fuera de sí su conocimiento del mundo se basa en la opinión de otros y en el miedo a defraudar esa expectativa. Eso seguro, miedo a fracasar, a no valer…
Ahora que me miro por esos ojos de otros, fracasada y sin ascenso, un año más, me pregunto si no soy en realidad una triunfadora desclasada, una mujer feliz atrapada en una jaula por tristes especialistas con una claro problema de epicentro.
Me apunto, además, el reciente consejo que me dio el cantante de un grupo de rock que busca grupo: “Prefiero ser aprendiz de muchas cosas que bueno en una sóla”.
Si acaso confieso una rabieta temporal como aquel que quedaba indefectiblemente el último en la selección de equipos para jugar a “churro va”. Pero es poca cosa, estoy en camino de cambiar de nuevo el punto, justo hacia el rincón en que puede verse el Aleph y todo esto adquiere la pequeñez de un botón.

viernes, 2 de julio de 2010

Estrella, la mujer magnética

Estrella al andar bailaba una suerte de coreografía poderosísima en la que su falda se balanceaba airosa alternando brazos y caderas que, como un diapasón, oscilaba con decisión a cada paso.

Sus comisuras, puntas del iceberg de unos labios jugosos, hacían intuir una sonrisa, una de esas sonrisas de ser feliz y ser consciente.
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Sl igual que otros cientos de miles de mujeres, Estrella se pasaba el 50% de la jornada en una oficina gris asfáltico llena de hombres sobrevalorados a los que estrella miraba a los ojos de forma hipnótica. Con frecuencia sus superiores llegaban a bajar la mirada para no ser abducidos literalmente por su negras pupilas.

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A principios del verano y ante la persistente capacidad de Estrella para eclipsar voluntades y propiciar devotos, se impuso en la oficina el uso generalizado de la escafandra. Así el vestíbulo albergaba una especie submarina de vestuario en el que poder vestirse enteramente de buzo.

El disfraz decimonónico no logró en ningún caso impedir el contagio irresistible de la mujer magnética pero sirvió, al menos, para ocultar el iris helado de sus víctimas.