miércoles, 25 de mayo de 2011

The last survivor





El 14 iba a tope, arrollador como una ola gigante comiéndose la tierra. Julito “El ratero” había madrugado ese día. La cosa estaba achuchada y había buscarse la vida. Se subió frente al Ministerio de Agricultura y se situó tras una joven con un gran bolso gris que parecía el saco de papá Noel. Es la moda ahora, grandes sacos para pequeñas mujeres bailarinas, pequeñas Audries Hepburn arrastrando la saca de cartas del cartero de Bokowski. Es absurdo pero hermoso, como la vida.
Anyway, Julito metió allí su mano, rápida como pocas en otros tiempos. La chica sintió en seguida los envites del caco pero permaneció sin inmutarse, de espaldas, mirando sin mirar. El conductor del bus, presionado por el ordenador de a bordo, iba traqueteando el vehículo y dificultado con ello el éxito de hurto, de modo que al tercer ineficaz zarpazo Julito comenzó a sudar por las sienes y el nacimiento de cabello a chorro limpio y su rostro, pretendidamente indiferente ,mostraba muecas evidentes de frustrada incomodidad.
La joven víctima, cuidadora de unos gemelitos in vitro y que había ido desarrollado poderes extrasensoriales y adivinatorios desde la adolescencia, conocía de sobra las dificultades de sacar algo de aquel bolso-saco y era, además, sabedora de su saldo bancario, 23 euros, y del resto de contenido que trasportaba: clínex, merienda para los niños, tiritas para las raspaduras de las sandalias nuevas, arnidol para las caídas , gominolas de fresa, un yoyo de los chinos y una bolsa de la compra hecha una bolita, por lo que no temía pérdida alguna que pudiera quitarle el sueño. Sólo pensaba, pobre hombre, que mal lo está pasando... Se giró hacia Julito y le espeto: - pareces sediento, tengo zumo de piña-.
En verdad, estaba sediento. No sintió vergüenza, algo que hubiera resultado indigno en un ratero profesional, aunque sí el agradecimiento que surge a veces del sudor de la masa, una especie de solidaridad desnuda y brillante que convive en la hora punta con lo más mezquino del ser humano. –Gracias.-respondió el chorizo. –Me has leído la mente.-
De fondo, de forma inexplicable, sonaba “The last survivor” de Keith Keniff y la jóven y Julito pasaron el resto de trayecto, mirándose absortos como en un video clip hasta el mismísimo Paseo de la Habana.

martes, 24 de mayo de 2011

Mi puerta del sol




Nadie hablaba de otra cosa: los indignaos del reino de España concentrados en la Puerta del Sol. Les prohíben hacerlo o no y unos y otros dicen que les apoyan. La gente se acerca a curiosear, los niños se rifan las pegatinas. Yo, presa de la fobia a las multitudes me mantengo al margen, refrigerada ante el calentón cívico. Aún no he leído nada pero atando cabos algo huele a algo, algo se parece a algo y al menos una novedad evidente: la gente ahora habla de política en cualquier lugar. Se ha abierto la veda del debate público. Confieso que temo que el guión ya esté escrito, que los eslóganes me resulten familiares, que las propuestas ya estén mascadas y no pueda, como suelo, comprar el pack de productos pues devienen indivisibles y unidos por una cinta plastificada que hace las veces de filtro ideológico.
Pero aún no he leído nada y no sojuzgo. Abro la web y leo el manifiesto y el programa. Empieza bien, casi irresistible “somos gente normal, gente como tú que madruga para ir a trabajar, para estudiar, para buscar trabajo…”-vale, somos hermanos- me digo. Luego vienen los toques anticapitalistas y ecologistas, compro unos, descarto otros. Encuentro el hilo conductor: “la culpa es del sistema”. Demasiado tentador aún, como resistirse a ese aserto cuando mal pagados e ignorados en nuestras empresas tenemos que pagar los platos rotos a una banca boyante que no asume responsabilidades…nosotros que las pasamos canutas para ahorrar un solo mes de sueldo…para visitar un paraíso con todo incluido…cómo no despotricar de unos partidos tradicionales poco permeables, endogámicos y que parecen ajenos a nuestros problemas…
Resulta irresistible. Pero en un alarde de madurez cívica, resisto. Decido apostar en cambio por el pluralismo democrático y la responsabilidad individual y colectiva ante nuestros actos y decisiones. Decido no seguir las consignas de un grupo que en el fondo lo que pide es que un partido cambie el mundo por nosotros.
Prefiero mover el culo yo misma, sin esperar a nadie, construyendo posiciones y comportamientos nuevos, no como activista de un hipotético nuevo partido del pueblo sino como persona con voz propia para debatir, cabeza para inventar ideas y motricidad para echar a andar. Para construir un nuevo proyecto de sociedad que no requiera que los partidos hagan por mí, sino que implique nuevas formas de hacer una como ciudadana, consumidora o empresaria más allá de las etiquetas y las culpas. Un proyecto orientado a reconquistar un mundo que ya no se parece a lo que quisimos, un mundo masificado a nuestra imagen, sobre-explotado e insípido, transgénico y absurdo que nos educa a pensar poco y rápido y a consumir mucho y mal. Es verdad, el sistema nos lo vende...pero nosotros lo compramos. Tiramos la piedra de la indignación y escondemos la mano de la responsabilidad mientras buscamos un enemigo necesario para expurgar los compromisos vejados. La hegemonía de los partidos es el resultado de nuestra pasividad y nuestro mutismo y no al revés. Construyamos sociedad y civilización y no habrá partido que se resista. Sí tenemos que cambiar muchas cosas, empezando por nosotros mismos. Sin prisa, sin pausa.




Disfruten, mientras cambiamos el mundo de la bella fotografía de Patricia Valdés. Allá arriba...

lunes, 16 de mayo de 2011

Quiero perderme en el botánico





Tengo ganas de perderme en el botánico. Supongo que es una fantasía recurrente, un fetichismo de libro. Le pasaba a Belén Gopegui en la Escala de los mapas con la manija de una ventana...así que lo mío es cosa sencilla.
Mi intención es sumergirme entre los macizos de boj y permanecer allí muy quieta hasta que al amanecer y antes de que el calor derrita como a Ícaro sus alas, regrese a la superficie sobre las hileras de pensamientos que jalonan su verja.
Luego buscaré una senda adecuadamente tejida de arces o castaños de indias, de modo que mi piel tenga el mismo estampado geométrico de luces y sombras que sus copas rebanadas de sol pintan en el suelo.
Entraré en el invernadero al fin, como Alicia en el árbol, y me reposaré bajo el ficus como si no hubiera hecho jamás otra cosa. Quizás toque el violín con un limpio cambio de cuerda, lo mismo que Sara en el columpio, yendo y viniendo a cámara lenta.
Cerraré los ojos escuchando “Happiness” de Riceboy Sleeps a soñar que soy bailarina de una caja de música en perfecta y entrópica danza. Qué soy una bailarina perdida en mitad del botánico y no se puede pedir nada más en esta vida.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Banderolas electorales y otros adornos de la democracia



Hoy en el 14 he tenido que dejar de sopetón el tronchante libro de Bukowsky (Cartero, su primera novela) para analizar la cartelería electoral. Al respecto la gente se pregunta ¿por qué lo ponen? ¿quién es tan lerdo para votar a alguien porque lo ha visto en un cartel?
Muchas veces, en una ingenuidad similar, he tenido idéntica reflexión con los anuncios de detergente cuando lo cierto es que ninguna empresa gastaría millones en publicidad si no estuviera garantizado el retorno de la inversión.
En relación con la versión política, le decía el otro día al Mítico George que, de hecho si no pusieran banderolas por las calles la gente ni siquiera sabría que estamos en elecciones. Tout simplement.
Como no lanzar pues el libro por los aires al ver a ese Gallardón, impactante, con tanto photoshop que parece un holograma; esa Esperanza que parece un cartel de las crónicas de Narnia; pero sobre todo, ese iluminatti de Tomás Gómez, "Presidente de la gente común..." ¿quien se pide ser del común...? NOOOOOOT, mirando al más allá esperando a que aterrice la nave nodriza de "V"; y esa Lisavetsky, haciendo la campaña del ser humano que parece la semana fantástica del corte-inglés-del-tío-normal-que-ni--ni-.
¿pero quien les hace las campañas, dios mío, Aaron Spelling?
Llega mi parada y me bajo. Empiezo a pensar que persiguen la abstención electoral. Y no me río.

martes, 10 de mayo de 2011

Relato corto en tres tiempos: Los ojos del poeta

Sus pupilas titilaron unos segundos, de forma similar a las estrellas de noche, como si temblaran fugaz, casi imperceptiblemente. Era lo que hacían sus ojos de poeta en su fase r.e.m (rapid eye movement). De este modo encontraba la belleza que necesitaba para habitar el mundo, la dosis suficiente de versos ensartados como guirnaldas con sus palabras favoritas (quizás, tal vez…) y la dosis clave de silencio para formar canciones.
El poeta, lo mismo que un carnicero por los cuchillos tenía debilidad por los personajes. Tras ellos corría su mente igual que una liebre. Como gran fabulador construía historias habitualmente poéticas, cortas, sensoriales, de evidente belleza. Fabulaba, sí, todos los sabemos, fabulaba y fabula como modo de vida, como la rana que le dice al escorpión: ¿y tú, qué, como siempre…? El poeta, la persona también, de carne y hueso, tenía además simpatía con los antihéroes. Superratón y el Henry Fool de Hal Harley fueron sus principales referentes en la infancia y adolescencia. Todo esto contribuyó decisivamente a que el poeta pusiera sus ojos en Muhmad, que cada día se apostaba a dormir en el portal de una entidad financiera en plena Avenida del Mediterráneo, cerca de su casa.
Al mirar al vagabundo, las frases fueron saliendo como rápidas jugadas de ajedrez acumuladas en la retina. En seguida Muhmad se convirtió en adalid de la libertad verdadera, en prototipo del antihéroe que desde fuera del sistema observa del mundo la belleza, un desheredado sin techo que duerme como Ofelia sobre el lago, temeroso de no despertar, un clochard en la rivera del Sena, recordando que atesora vivencias, que oculta genios poéticos. La gran metáfora de los poetas que, tal y como ocurre en la vida misma, se ocultan del exterior para seguir disfrutando del fecundo territorio del exilio.

lunes, 9 de mayo de 2011

Relato corto en tres tiempos: Los ojos de Carol

Sus pupilas titilaron unos segundos, de forma similar a las estrellas de noche, como si temblaran fugaz, casi imperceptiblemente mientras hablábamos de un relato de un poeta sobre un vagabundo. Entonces enrojeció de súbito, tal y como solía ocurrirle de pura emoción. Las mejillas subieron de tono, las orejas se le encendieron y hasta el blanco de los ojos, como ensangrentados de pena se volvieron teatralmente iluminando el centro de la escena.
Yo la miraba sorprendida. -¿Qué te pasa? Le dije alarmada. Por instante creí que no respiraba. -¿Estás bien?-. Grité ante la duda.
Ella permaneció callada y compungida, disparando sus ojos contra los míos con la vana pretensión de lanzar con ellos rayos autoexplicativos.
–Estas llorando- comprendí finalmente.
-Sí.-confirmó escuetamente. –Este es un asunto que me supera-. Al pronunciar estas pocas palabras, supongo que se quebró la suerte de muro de contención que hubiera logrado construir en torno al asunto y dos lágrimas gruesas como acequias rebanaron sus sienes.
Carol se manifestó como una persona extremadamente humana, si es que la humanidad tenía límites o infinitos. Quizás por ello, la visión del mundo tal y como era le resultaba insoportable. Además, poseía una absoluta consciencia del sufrimiento ajeno, un nivel de consciencia que no lograban edulcorar ni el símil, ni la metáfora.
-Allí estaba hoy de nuevo…ese chico marroquí…hay tanta gente perdida…somos tan frágiles…pendientes de un hilo…pendientes de un empleo…pierden su empleo y lo pierden todo.- Carol deseaba en un modo pueril y grandioso, tener una máquina generadora de empleos que lograra poner fin a situaciones como aquella. Y la indignación se le atravesaba en la garganta pensando en los abusos del primer mundo, la explotación, el consumismo, la belleza en serie, la grisura de los no pensantes. Narraba así su historia entregada al dolor de saber que no podría cambiar las cartas marcadas de Muhmad.
El mundo no es tan hermoso, pese a todo. A veces no hay más posibilidad de plasmar la utopía que en canciones. El mundo es errático, dulce, incompetente, vivo o ciego, plagado de portales, cartones. Lleno de amor y sueños, lleno de vino, de trapos, de versos, de hallazgos, llenos de lágrimas y pupilas que titilan al abrir los ojos.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Relato corto en tres tiempos: Los ojos de Muhmad

Sus pupilas titilaron unos segundos, de forma similar a las estrellas de noche, como si temblaran fugaz, casi imperceptiblemente. Estaba tumbado en unos cartones sobre un banco y miraba el cielo de las nueve de la mañana. Muhmad se buscaba la vida en las calles del barrio de Retiro, un entorno acomodado y apacible, colmado de culpa cristiana. Y reitero esto de la culpa porque, durante años viviendo en las calles Muhmad había aprendido al menos dos cosas, una era la importancia de aislar el catre de la humedad y otra era la habilidad de distinguir culpa y conciencia. La primera sensación permitía pingües pero constantes réditos por parte de los subscriptores de limosna, mientras que la segunda versión proporcionaba puntuales aunque más elevadas aportaciones y ocasionales bocadillos e iba acompañada de un deseo más o menos difuso de cambiar el mundo y, con frecuencia, exigía charlar con el “concienciado” sobre ciertas nebulosas oportunidades de reinserción social.
El joven Muhmad, que yo conocía a través de la asociación, no llegaba a los 30 pero nunca conoció la alegre juventud. Visto desde fuera su agenda vital estuvo marcada por el infortunio de la pobreza secular y la enfermedad mental. Nacer de una madre soltera en un suburbio de Fez fue la antesala de una identidad marcada por el ostracismo y la precariedad en la que al amor nunca llegó a borrar la vergüenza. Una esquizofrenia sin tratamiento médico alguno terminó de hacer el resto. Emigración durante la adolescencia, trabajos esporádicos en la fresa, centros de menores, alcoholismo. Visto desde el corazón de Muhmad así era la lógica del mundo y de la vida. La preocupación era siempre coyuntural, lo mismo que el disfrute, y una vez garantizado el mínimo abrigo y condumio, todo estaba bien o no, o todo estaba mal, según.
-Esto es algo así como la muerte- le había dicho una vez a un compi al que todos llaman “Rubiales”-Estar cerca de la muerte nos hace grandes, amigo Rubiales. La vida es un maratón y nosotros los marroquíes siempre queremos correrlo descalzos...
-Gran frase morito- asintió “Rubiales”- Eres un poeta-
-Bah, tonterías…-se burló Muhmad, para quien la poesía era una pérdida de tiempo.
El endurecimiento de su alma era a estas alturas de la vida un asunto retórico, una obviedad. Aunque su mente, en efecto, conectaba brutales poemas de metáforas azules, de sombras chinescas y nubes cambiando de forma en medio de la vida y la muerte.
Puede que a su manera, los ojos de Muhmad titilaran como los de un poeta que mira al mundo. Quizás para nosotros, sus observadores, esa posibilidad no sea más que un consuelo, una forma de darle trascendencia a la miseria, de darle profundidad al abandono, belleza redentora al hambre y la exclusión. Ese héroe no es Muhmad, no es poeta, no lleva un esmoquin raído, esos son los nuestros, nuestros ojos. Pero es cierto que los ojos de Muhmad titilan, los he visto a menudo, como perdidos, incendiados, mirando sin mirar las cosas que mira, nubes que vuelan, cristales rotos a un paso de la muerte.