martes, 26 de julio de 2011

El tránsito de mi cuerpo en la puerta giratoria





Hoy es otra puerta, otro día, otra década, otro edificio más alto, con más ascensores, otro distrito, otra luz, otro cielo. Pero el mismo cuerpo poroso en exceso a merced de la misma sustancia nociva, la misma injusticia y la misma parsimonia con la que engullen nuestras almas (si es que tal cosa existe, que diría Comeanises que no, y yo diría que ojalá que sí).
Lo pensé la primera vez que me aposté frente a la puerta giratoria de una torre similar, con similares habitantes y normas y portátiles al hombro, hace años, mientras esperaba a Elena apoyada en un coche y desconocía por completo las reglas que años más tarde me habrían vapuleado sin asomo de duda. Y ya entonces sabía con rotundidad que no era mi sitio.
Ahora, como una hormiga cargada de razones y de la exultante dignidad de los pequeños, me detengo a observar mi próximo despegue. Obligada por la sombra del rechazo a inventarme otro mundo, tomar carrerilla desde los confines de mi experiencia, que es más larga, más rica, más reconfortante, como un saltador en la rampa de hielo, confiando en mi capacidad de volar, gozar, aterrizar.
Buscaré otros recorridos y asideros, otros paisajes y horizontes, otros motores y palancas, un lugar donde mi dignidad no guarde relación con la ubicación de mi mesa junto a la ventana sobre un Madrid que no podre conquistar, un Madrid que podría ser cualquier cosa naranja, prescindible y profundamente decadente.
Conocer el mundo, tal y como era, conocerme tal y como soy, era una parada necesaria para tomar conciencia del tránsito de mi cuerpo por la puerta giratoria.

martes, 19 de julio de 2011

Mi vida sin el 14

Todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo de despedirme de Caradeajo. Menos mal que, de vez en cuando, me la topo en el supermercado para comprobar algunas obviedades de su perfil, que toma mucha fibra (la necesita), bebe leche de soja y mantiene su cara de ajo hasta cuando despliega el flexo solar en su clase de Brikan yoga. Pero ya nunca nos vemos ni puedo jugar a ser la Carrie Bradshow del 14, entre otras cosas, porque ya no viajo en autobús sino en metro con destino al pequeño, ventoso y más pueblerino Manhattan madrileño, apretada como sardina plebeya, con gentes en chancleta, bolsa en bandolera y pantalón pirata, señoras con el bolso agarrao y en general, auténticos desconocidos sin una historia evidente que intuir y contar. Porque yo, aunque dotada genéticamente para la fabulación necesito pasar algún tiempo con mis personajes…
Digo esto, en el momento en que la horda se desborda en el andén de Sainz de Baranda y entre los claros, en diagonal con mi asiento, diviso a mi amiga Ana. Totalmente customizada de muñequita sesentera me confirma que en el metro sí hay convivencia redundante. Nueva fauna y nuevas costumbres: rutinas mecanizadas para colocarse siempre junto a la misma papelera para subir en el mismo vagón, en línea total con las salidas más próximas, justo a la izquierda, no, un poco más a la derecha…ahí, justo ahí…
El metro ofrece posibilidades a la creatividad. Y si no que se lo pregunten a Benjamín Escalonilla que escribió su “Colectivo Tch” de camino al trabajo. Además el metro es un lugar ideal para mirar zapatos. La mayoría muy feos, la verdad, unos saloncitos rosas troquelados, unas sandalias de cuero con hebillas, más chancletas hawaianas y algún tacón cruel sobre el que pensar que vamos a comernos el mundo. Pero vamos, pies que llevan personas encima y eso los hace llamativos a mis ojos. Como todo el metro es otro lugar y proporciona otro enfoque. Estaba feliz con el que tenía. Mi paseo del Prado (No a la tala!!!), el jardín del Ritz, los plataneros de Recoletos, la Casa de América pero la vida me ha dado otras: grandes vistas, un viento de pelotas, pies a montones y el reto de seguir escribiendo en el transporte público.

miércoles, 6 de julio de 2011

No me etiquetes más

Suena a Jacques Brel y su ne me quitez pas pero es sólo una onomatopeya con idéntica voz desgarrada desde los confines del alma. No-me-e-ti-que-tes-más, diría Jacques desencajado, con el rostro enrojecido de urgencia y desesperación. Te lo pido por favor (y todos sabemos y por eso se lo enseñamos a los niños, que lo que se pide por favor no puede negarse), concédeme el don de la entropía, déjame ser una amalgama de cualidades no siempre bien engarzadas, pura contradicción, una outsider, si es preciso. Déjame ser lo que sea, sin etiquetas. Se lo digo al prójimo genérico, a quien quiera oírlo. No me digas que tengo que ser solidario y sostenible y de izquierdas en un mismo pack. No me digas que tengo que ser agresiva pero conciliadora. Que si lesbiana, moderna y guerrera, que sí gay extrovertido y escultural. Que soy mayor si no sigo a los Black Eye Peas o David Guetta o sí reconozco a los payasos de la tele y me se me de memoria las canciones de Mecano. Que tengo que ir con mi pegatina bien pegada al pechito para poder encajar. Los mayores, pasen a la derecha, ¿quieres un gin-tonic que es bebida para puretas? Yo voy a salvar al planeta del cambio climático, si no te importa, con mi nueva camiseta de cáñamo que reza “Be wáter my friend…pero reciclada”.
Las etiquetas están a la orden del día. Hay unas cuantas. La de “facha” está en desuso. Creo que “multicultural” se ha sustituido ahora por “diversidad” que es más bonita y autoexplicativa. Lo malo es cuando uno se pone la etiqueta de ser amante de lo diverso para despreciar al prójimo adverso, es decir, cuando se trata de aceptar lo que menos se nos parece, a aquel que no se pondría nuestra pegatina.
De las pegatinas de la progresía actual lo peor de los últimos tiempos es ser “neoliberal” y lo mejor: “la sostenibilidad”. A la sazón del tema, el otro día acudí a la presentación de un libro sobre sostenibilidad y riesgos globales con mi amiga Elena. Muchos clichés políticos flotaban en el aire, otro se rompían de pura naturalidad: Elenita y yo (¿que andarán urdiendo estas dos tan juntitas?) la pareja de diputados, del PP él, del PSOE ella, mi antiguo profesor amigo de ZP, Mister Pesc y Daniel Innerarity…casi ná.
La conclusión del ameno speech: había que cambiar el modelo de consumo y producción. Había que volverse sostenible. Y yo levanté la mano, con mi eterna pose de repelente niño Vicente ¿y la sostenibilidad del modelo social que descansa sobre el modelo productivo y que se financia con previsiones de ingresos sobre nuestro actual e insostenible modelo de consumo? Uy, no lo había pensado...pero es muy interesante eso que apuntas. Lo pensaré en otra vida. Como comprenderás con salvar el planeta de los males del neocapitalismo tengo bastante.
Por lo menos ahora tengo lo que los investigadores denominan un nicho, un espacio de reflexión libre de etiquetas, por ahora y enteramente por descubir. Así que voy a ver si reconduzco la reciente desazón que me provoca tener que atravesarme en metro Madrid en energía “librepensadora”, un toque “underground” y “postmoderno” (¿uy que lio pero tú no eras neoliberal?) y me pongo a armar las ideas, con la esperanza de debatir sin máscaras, sin etiquetas, ni frames, ni metáforas y salir, de paso a la luz, esa luz que vislumbro al final del túnel, radiante y jugosa como la lluvia.