viernes, 30 de diciembre de 2011

España, mon amour


Vuelvo del exilio, de esta especie de huida interior a la periferia reflexiva de mi misma y de mi país. Regreso en señal de tregua y de compromiso con este tiempo histórico que me pertenece: la crisis, los balances, las soluciones. Abandono el desapego iniciado hace unos pocos años y hago una sencilla declaración de principios: Es nuestro deber encontrar la dirección correcta porque nuestra es la letra de la canción que sea nuestra historia pero tenemos que asumir quienes somos y querernos como somos.
El viaje de vuelta, quizás empezó hace tiempo, pero fue esta mañana, escuchando a José María Fidalgo, otrora lider sindical y hoy elegante tertuliano de radio, cuando comencé a verbalizar estas verdades.

El Sr. Fidalgo, al cual he tenido la ocasión de escuchar en salpicadas conferencias, es una suerte de filósofo sobrevenido, de talento innato, de los que van atando los cabos del desordenado discurso histórico lo mismo en su lectura vespertina que en la cola del pan. Creo que descubre sus reflexiones en el mismo momento que salen por su boca pero no por casualidad sino por perspicacia esencial para haber comprendido las causas. Él mismo lo dijo una vez respecto del trabajo brillante de Víctor Pérez Díaz, el más grande pensador de este país: es posible ver las cosas con distancia y es posible analizar la realidad con bastante tino, cuando se mira lejos, cuando se mira con ganas y sin filtros.
Esa capacidad de ver y desentrañar me maravilla. Esa capacidad de unir los puntos, con la facilidad de esos pasatiempos tontos de la infancia, que después de un rato, descubren la silueta de un oso con sombrero.

Lo dijo, Fidalgo, con un tono, que podría ser de tristeza gastada: "Somos un país que se revuelve contra sí mismo". Desde esa pulsión criticamos a los políticos, a los sindicatos, a la iglesia, a la monarquia y a la república. Criticamos a los jefes y a los indios, a los indignados y a los pijos de serrano. Todos, en cierta manera, somos jetas, vagos o chorizos en potencia. En lo único que nos hermanamos es en afirmar que somos un pueblo feliz en el bar, con su caña o su chato en la mano.

Creo que malgastamos mucha energía en sacar punta al vecino, en mi caso, afilada punta, convencidos, además, de que el vecino también nos pone de vuelta y media. Y seguramente así será.

Pero una opción alternativa a revolvernos es reconciliarnos, con nosotros mismos. Aceptar donde estamos y querernos como somos. Amar lo que hacemos: buenos aceites, vinos, dibujos animados y pret a porter. Aprender lecciones (que algunas son urgentes) y regresar al terruño de lo que somos.

Viajar y regresar. Dejar de tirar la piedra, de esconder la mano. Ser país que se quiere a sí mismo, que conoce sus sombras, que ilumina sus luces. Que deja de minar su futuro con seculares quejas. No somos daneses, no somos islandeses, ni alemanes, ni sajones. Somos Españoles. Y con estos bueyes hay que arar. You have to love what you do...Jobs dixit.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Conciliación y nuevos gobiernos




Llevaba una semana enzarzada en una discusión a varias bandas a la sazón de la no baja maternal de Soraya Sainz de Santamaría, cuando los nuevos ministros, incluida la susodicha tomaron posesión. Discutí al respecto de la desconciliación con varios de mis más queridos amigos, para constatar que el debate, siempre útil, ahora está de moda llamarlo "diálogo", es a veces conflictivo y diría que hasta molesto.
Todo el mundo opinamos de todo. No voy a ser yo quien se salga del saco. Me gusta opinar y con frecuencia opino. Rara vez me dejo algo en el tintero.
Pero con las críticas a Soraya, de quien recibí un hermoso ramo de flores después de mi segundo parto, me puse de los nervios, no soy neutral ni lo pretendo.
Lo más cruento de la polémica, en mi opinión, es que el origen de la crítica. Y es que la inmensa mayoría de las veces que una mujer recibe críticas lo hace de otra mujer. Mi amiga Idoya decía que eso era como escupir hacia arriba, al final siempre te acaba cayendo en la cara. Y en temas de igualdad, un asunto que me ha tocado trabajar muchos años, suele darse ese eslógan de la facultad que decía "machismo se escribe con m de mamá".
Y me pregunto, a qué hombre se le cuestiona su ambición, legítima por otro lado, a qué hombre se le juzga públicamente por no priorizar a su prole, a qué varón se le obliga a hacer esto o lo otro, en lugar de presidir consejos de administración, gobiernos o regentar comercios. A qué hombre se le exige son pena de pública vergüenza que no de todas las tomas a su bebé o se ausente a la hora del baño. Cuando un varón entra en juego, entonces, se habla de corresponsabilidad. El resto de las veces, la responsabilidad es toda nuestra.
Y cuando un hombre hace tareas "típicas de mujeres" se le alaba públicamente. Sí nosotras aspiramos a conquistar sus espacios somos oportunistas, tenemos afán de protagonismo y por supuesto somos malas madres.
Los críticos a Soraya se burlan de las salus, esas enfermeras nocturnas de bebés. Pero esas tareas las hacen gratis las mamás durante la baja mientras en su empresa entienden que está de vacaciones.
La verdad es que quien ha parido sabe que es muy jodido levantarse todas las noches durante meses o años al menor movimiento del bebé y quedarse en casa, amarrada a la subida de la leche, mientras el papá acude a su reunión anual de compañeros del master o tomar cañas con su pareja de paddle.
Cómo renunciar a ser vicepresidenta de tú país, joder, o ministra, cuando llevas años dejandote el pellejo.
¿Y si en medio de tu baja tiene lugar la conferencia de física cuática de tu vida? ¿o si te toca parir el día de la oposición que llevas preparando dos años? ¿o si quieres acudir con tus amigas a una despedida de soltera en una isla? ¿o si simplemente quieres seguir siendo tú misma mientras eres madre?
Por qué renunciar a todo...por qué inmolarse profesionalmente porque una es mujer. Eso sencillamente nadie se lo pide a un hombre. l h
Por eso lo indigno, lo doloroso, lo discriminatorio y extremadamente torpe e injusto no es renunciar a la baja, es renunciar al talento de todas esas mujeres que hay en cientos de empresas, sólo ante la eventualidad natural de un embarazo. Lo vergonzante es que se trunquen carreras por una baja, una lactancia o dos días de teletrabajo porque un hijo está acatarrado. Lo increíblemente contrario al espíritu de la igualdad entre sexos es que la maternidad sea un asunto de mujeres. Y la conciliación, que es la respuesta a ese problema, también.
Por ese pernicioso error de enfoque se les hecha el mochuelo a las mujeres: porque todos dicen que es responsabilidad nuestra, que si hemos decido ser madres tenemos que pagar un precio. Y yo digo: "y un mojón". Los hijos son nuestros y de ellos, del progenitor A y B, de papá y mamá y de los abuelos ya puestos, y de la cuidadora y últimamente de la gestadora de alquiler made in usa, que haberlas haylas, sin que nadie critique la ética del método.
Detrás de ese silencio calculado está la respuesta: hay cientos de formas de ser padres, de ser buenos padres y malos padres. Pero hemos llegado a un punto en que hay que lactar hasta los dos años, practicar el colecho y cultivar tus propias lechugas macrobióticas para ser considerado digna de elogio. Quien así lo goce, perfecto, pero sin censuras que ya no se lleva.
Ser madre es más y ser padre también.


Lo mejor que nos puede pasar a las mujeres trabajadoras es que nuestras parejas disfruten de las mieles y responsabilidades de la crianza y del cuidado con nosotras o incluso más que nosotras. Que de vez en cuando, cuando la ocasión acompañe al pacto entre los padres, se cojan ellos la baja y mientras cambian las mentalidades sean ellos quienes renuncien alguna vez al ascenso y la subida de sueldo porque la paternidad pueda ser también prioritaria y gratificante.


Que el empleador ya no se pueda poner la máscara del cliché al contratar a la mujer en la treintena que estará, la muy vaga, a punto de embarazarse... Que no sepa a quien colgarle el sambenito y empiece a mirar personas competentes sin más.
Personalmente me tomé integramente mis bajas y lacté lo justo porque no encontré en ello ningún placer ni facilidad natural. Y no me quemo a lo bonzo, no señor. Que lanten hasta la pubertad las fundamentalistas de la teta, yo, con todos mis respetos, me apeo de esta ubre.
Y respecto a las bajas que cogí, lo volvería a hacer, porque el precio que pagué que fue alto, a mí me compensó, porque el premio allí y entonces me hubiera sabido a veneno.
Pero ahora, trabajo 12 horas fuera de casa y soy infinitamente más feliz, porque estoy valorada y realizada, que lo que todos buscamos. Y mis hijos me quieren y me tienen.
Dejemos de poner etiquetas de buenos y malos padres o madres, de anarbolar derechos que parecen obligaciones y de culpas que son cadenas. Seamos tolerantes con el prójimo y también con la ambición cuando es merecida.
Seguirán sancando punta. Están en su derecho. Por mi parte sólo espero que seamos lo suficientemente anchos de espíritu para entender que una, a veces, tiene sueñosque cumplir y que le basta, un buen marido que adore a sus hijos, como el mio y muchos otros, para hacerlo posible. Porque no está sóla, porque no es "su asunto", porque la conciliación compete a todos.
AMEN

domingo, 11 de diciembre de 2011

Pícaros y buscones



El post de los vendedores de humo, como suele ocurrir en muchos casos, alargados intelectualmente en sobremesas con vino, ha dado mucho juego. También el otro día en un cumpleaños de extraradio me lo confirmó un invitado que podía ser estibador de muelles o herrero medieval: somos un país de pícaros. Ergo ya tenemos una base más amplia para sostener la idea de que parte de nuestra deriva socio-económica (y los propios pícaros dirían que parte de nuestro encanto) se la debemos a una herencia cultural que se remonta al lazarillo de Tormes y El Buscón de Quevedo, a Sancho Panza (más que al Quijote que en realidad era un afrancesado, un rarito) y a toda la saga de Jaimitos inimaginables.
Somos pícaros, en buena medida, bordeando la ley y las buenas costumbres hasta cuando el pícaro no tiene ninguna necesidad de traspasar los límites. Ya que por lo visto, lo mismo da ser Urdangarín (presuntamente) que su porquero. En nuestras raíces más remotas, desde el medioevo al destape y llegando a Torrente tenemos un lazarillo, un truhan con encanto, vamos, un jeta de tomo y lomo.
Tendremos que revisitar lo que somos antes de culpar únicamente a los políticos. Es decir, esa identidad que se dibuja en la literatura, en el imaginario colectivo y también en las prácticas del día a día y que, sin duda, abunda fuera de las Cortes, en las calles, las empresas y las organizaciones de todo pelaje, que abunda, en definitiva, en nosotros mismos.
O nos miramos en el espejo de nuestras miserias o estaremos condenados a ser furgón de cola, más alegres eso sí, jodidos pero radiantes, que diría Mario.