lunes, 24 de febrero de 2014

Voyeur fabulador

Acabo de leer un artículo sobre blogueros de moda que se fotografían en lugares de homenaje a las víctimas del holocausto que analiza hasta que punto se puede llegar a banalizar cualquier cosa que algún día creímos intocable.
Pero si hoy os cuento una fantasía literaria es posible que algunos penséis, oh sí, que estimulante, emocionante, excitante...especialmente si menciono algunas palabras clave como "voyeur" en este caso.
Sin ellas, la mayoría de lectores potenciales no pasaría del primer párrafo.
Cuesta asumir abiertamente, como hace un compi de trabajo, que uno tiene la misma sensibilidad de un ornitorrinco y se salta cuando lee las descripciones, introspecciones y otros complementos retóricos. Pero hasta a un ornitorrinco se le eriza el vello de la espalda cuando intuye que puede mirar por ojo de una puerta y ver algo íntimo, especialmente si va sujeto por un liguero de encaje.
Imaginad, pues, que ese es el caso. Si ya has llegado hasta aquí sin escena sexual de por medio, ya quédate...
El caso es que siempre he tenido la fantasía recurrente de escribir una historia sobre aquellas personas que una se cruza una sola vez en la vida. Mis andanzas en la linea 14 me han proporcionado incontables oportunidades de satisfacer por capítulos esta pulsión.
Digamos que uno no quiere quedarse en la mirada furtiva o el encontronazo de ascensor, sino que una quiere saber que vida hay detrás de la luz de las ventanas de una casa cualquiera y saber la historia real... Y si eso no está a nuestro alcance tener al menos la oportunidad de husmear lo suficiente para poder fabular esa historia a nuestro antojo.
Ayer mismo, bajando con la bici cuesta abajo y sin frenos, me volví a cruzar por enésima vez a quien llamaremos "Adela-Culopiedra" por encontrarse cada día a la misma hora sentada en un banco de dicho material en el bulevar de Castellana.
Adela, parece que espera, muy abrigada, de piernas cruzadas, mirando al infinito a que el trasiego de peatones que salen del trabajo de paso a soportales vacíos y otras oquedades resguardadas donde pasar la noche. Su aspecto es aseado y pulcro pero algo indica que vive en la calle. Y una se pregunta por qué.
Cada vez me entran ganas de preguntarle -¿Cómo llegaste hasta aquí?- pero no lo hago convencida de que me contestaría con un escuelo -No es asunto tuyo-
Y creo que sus ojos vidriosos darían cuenta de que viviendo en la calle se ha ganado las razones de peso precisas para no tener que contestar a ninguna pregunta pseudo-solidaria sobre sus elecciones vitales.
Porque, en efecto, una es muy libre de poner sus posaderas congeladas y emancipadas donde le venga en gana, conservando pensamientos al infinito y el más íntimo rencor a propios y extraños, ajena a los sistemas imperfectos, los problemas de conciencia de los otros y la fabulación literaria.
-Ya, Adelita- permíteme que te llame por un nombre imaginario-pero es que yo necesito contar tu historia por una cuestión de "voyeurismo fabulador". No es que quiera que te redimas, yo en tus cosas no me meto. Sólo es que tengo el convencimiento pleno que hay historias que sólo existen cuando las inventas.-

martes, 11 de febrero de 2014

36 grados

Las gotas empezaron a empaparlo todo
Primero unos mechones de pelo junto al cristal
después la camisa y el alfeizar de la ventana.
Resbalaron después por mi espalda
como dedos acariciándome en canal
con el pulgar abierto
vértebra a vértebra
hasta el coxis.
Me dolía el lagrimal
la glotis
la raíz de la lengua.

Me sentí vulnerable y magnífica.
-Es amor- pensé
amor pegado en las costillas
la pleura
los alvéolos
hasta las porosas membranas de la carne y las amígdalas.


Amor desbordando los pliegues, los vértices,
las comisuras temblantes de la boca
del estómago.
Amor,
 en reflujo por el plexo solar
clarividente,
no
porque es ciego pero

deslumbrante,
sentido de la vida.

Fue un golpe de amor monosilábico
esencial
primario
corriendo humildemente en sus pobres mudas.

-Estoy viva y templada-
lo noté a través del golpe frío de mi piel contra el aluminio.
Fui entonces consciente de mi temperatura humana.
36 grados de amor mundano
cubierto de lluvia.

jueves, 6 de febrero de 2014

Elástico tiempo

Dicen los viejos que largo es el invierno
y corta la vida.

Cerca, lejos, contraído, disperso,
Elástico-tiempo.
Estaciones corriendo como avalanchas,
o la existencia al relentí de un diapasón con el outlook de fondo,
im-per-té-rri-to.

¿Cuanto falta? Falta mucho.
Zas. No queda tiempo.

(***El tiempo es como una de esas tiras de latex para ejercitarse
que pueden expandirse con cierto esfuerzo
pero al final, sabes que sigues sosteniendo un extremo en cada mano.)

Por ejemplo, hoy estás cerca.
pero 25 años atrás
flotando en el mar
sin decir palabra
también estabas cerca.
Y desde entonces,
si te soy sincera.
nunca he percibido la distancia.

La vida resulta confusa,
entre experiencias cuentagotas
y recuerdos sin bordes,
horas de espera en salas de espera acumuladas
y paellas de domingo
que al segundo son ya retinas mirando
los restos amarillos en el plato.

Ya sabes, el tiempo lo pone todo en su sitio.
Cerca, lejos, contraído, disperso,
Elástico-tiempo.

Por ejemplo, lejos está nuestra infancia
y su olor a infinito matemático,
cerca estás tú
con la misma expresión de los 5 años
y 100.000 litros menos
de miedo al futuro.

lunes, 3 de febrero de 2014

La luz

La luz, eso otro distinto a las sombras
Esa esfera gaseosa
esos dedos finos como estelas
ese abrazo cósmico en parábola.

Cómo se atrapa tal promesa áurea
asida sin cuerpo es los lugares que miramos de pasada.
En un párpado, por ejemplo, y su ojo infinitesimal
en el pliegue sísmico de algunas bocas.
En el hueco convexo de tu barbilla hoy.
En las interrogaciones, las exclamaciones y los vocativos.
Entre las hojas del castaño troqueladas hace un minuto.

Luz punzante a veces en las simas del estómago
Súbita en el rostro de todas las caras de sorpresa
de satisfacción, de amor,
presente siempre en el vértigo y el orgasmo
y reconocible por su característico destello metálico
y sus ondas expansivas.

Justo ahí, en realidad, donde no tenemos el tiempo
ni el hábito
de quedarnos.
Justo allí,
delante de nuestras narices umbrosas
se nos escapa la luz
miopes esperanzados
faltos de toda habilidad
y paciencia.
Porque de hecho, basta con quedarse a esperar
tranquilamente
para ser rebanados por la luz
para ser felices amantes refractados
ensanchados e importantes
sin otra prosopopeya mayor
que abrir  los ojos.