miércoles, 30 de abril de 2014

Pienso luego voy en bus

Me gusta ir en autobús porque puedo pensar 
Literalmente abandono el mantra no pensante, 
eso que hacemos los humanos de repetir escenas vividas 
y sus encadenamientos 
como ruedas de molino.
Es eso lo que hacemos tantas veces, 
repasar listas, 
botones sin coser
y yogures por comprar.
Analizar lo escrito o leído o escuchado
bombardeado 
en las sienas
como rayas de escaleras mecánicas
adheridas a los ojos en el último escalón
que engulle la tierra.

Procesar, masticando la vida.
Como un rumiante la hierba.

Pensar es otra cosa.
Me refiero a pensar en lo que venga.
O lo que ves. O lo que sientes. 
Pensar sin red.Un aprendizaje de funambulista.

Voy en el bus, con mi cuaderno y pienso.

Acaricio los lomos de la Moleskine,
-L´essentiel est invisible pour les yeux-
como una pitonisa ante su cliente la esfera de cristal.

Me siento importante. 
No me ahogo en mi ni en la vida. 
Soy el tótem y el espíritu de mi cuerpo. 
Soy yo la directora de la orquesta,
la cocinera de las palabras
la jefa de operaciones.

Eso no ha ha sido así siempre. Pero...
Tras la maraña adolescente intensamente caótica,
dramática (-no more dramas)
he olvidado tantos miedos...
He conquistado tantos bailes, tantos besos, tantas frases, que ni siquiera necesito una sola de ellas.
Mi propia imperfección me satisface y dentro de esta bruma tan llena de aristas, me siento como una rueda dentada, conectada a un engranaje que no rechazo ni desprecio ni comprendo, en realidad.

Esa es la clave. Querer estar aquí y saber. Saber estar.
Allá voy, cuesta abajo, con la verja del Botánico a mi izquierda.
Con una curiosidad innata hacia lo común superlativo.

martes, 1 de abril de 2014

Sonrisa en una botella

Daniel Luminius, pongamos por caso, iba sonriendo por la Avenida de Menéndez y Pelayo. No es que sonriera con fruición inusitada, de forma tan grotesca y teatral que fuera imposible no mirar.
Tan sólo era una sonrisa común y corriente de esas que uno pone cuando piensa en algún momento feliz o conversación risueña sin pararse a pensar en el prójimo ajeno que le mira en plan marciano y se pregunta: ¿Y este que hace riéndose sólo?
Lo cierto es que Daniel, de aproximadamente 33 años, lleva dos semestres recuperándose de las secuelas de un accidente de tráfico y el coma que le sucedió y le hizo perder buena parte de su función motriz. Razón por la cual pasea a diario y acude a logopeda y fisios semanalmente. Pasea a menudo y suele hacerlo con o sin su madre y siempre en compañía de un bastón y botas de treacking.
Algún cursi diría que en lugar de 33 tenía poco menos de dos años con algún eufemismo del tipo "ha vuelto a nacer". Lo cierto es que su aprendizaje se asemejaba al de los niños a los 15 meses si bien su mirada era más la de un hombre que había visto mundo.
Este joven alto, que en España podría pasar por rubio ("De pequeño era rubísimo, casi albino" habría dicho su madre) iba lanzando sus largas jambas calle arriba mientras sonreía como el-que-divisa-a-lo-lejos-a-un ser querido y lo recibe así, con una especie de abrazo sin palabras.
Una mujer se le ha quedado mirando mientras se cruzaban cara a cara frente a la verja del Niño Jesús. ¿Por qué me sonríe? ¿Pero a este chico que le pasa?
Ella no ha entendido nada pero para mí ha sido como encontrar una sonrisa metida en una botella.
He cogido el fortuito hallazgo algo emocionada y me he ido al final del autobús para desenroscar esa sonrisa madrugadora cargada literalmente de esplendor renacentista.