viernes, 25 de septiembre de 2015

¡Eres español y lo sabes!

A vueltas con la identidad individual y colectiva,  a una servidora se le van los pies con esta danza del absurdo que estamos bailando en los últimos tiempos.  En verdad es inevitable ponerse las alpargatas de bailar sardana pues no hay un minuto del día, de cada día, en los últimos meses, en que Cataluña no sea tema de conversación, tertulia, columna o viñeta. -Osti tú- que diría Eugenio (he pasado media infancia escuchando a Eugenio en la radio del coche de mi padre) es que la ocasión lo merece…

Hoy recuerdo con cariño otros tiempos en que nadie hacia mucho caso al tema de Cataluña. Una vez, siendo yo profesora asociada de ciencias políticas (iba a poner mileurista pero entonces el sueldo no me daba ni para la mitad de eso) mi amiga Anita hizo una fiesta de disfraces en su piso compartido de la calle Marqués de Zafra. Se gestaba por aquellos tiempos la segunda versión del Estatuto Catalán y yo solía comentar la cuestión territorial con los alumnos. En esa fiesta le propuse a mi novio ir los dos con disfraces conjuntados, tú de Constitución y yo de Estatut. Mi entonces novio y actual marido, me miró con toda su “mancheguidad” y me dijo, ¿eso qué es, humor político? Pues sí, era mi forma carnavalesca de tomarme a chufla las cosas de la secesión y los estados confederados precisamente porque sí les doy importancia.
El caso es que yo sí me confeccioné un atuendo estatutario con una faldita de tablas hecha con folios pegados a una cinta adhesiva, un body negro, peluca rubia “a lo Belén Esteban” y barretina. Lo hice en parte por provocar, que es lo que se hace en Carnaval pero también, lo digo de corazón, para que la gente fuera consciente de que salvo cuatro freaks de Somosaguas o Ciudad Universitaria, nadie se había leído las pocas hojas del Estatut del que todos hablaban.

Me ha dado tiempo a tener dos hijos y cambiar 3 veces de trabajo pero el debate no ha evolucionado mucho, salvo para llevar más lejos las mismas neurosis tardo adolescentes mal digeridas de siempre. O parafraseando al gran sociólogo Pérez-Díaz en una reciente reflexión sobre los últimos siglos de España: “Ahora estamos aquí, entretenidos con las ansiedades del momento, y casi carentes de narrativas históricas, en un estado de cierta penuria cultural disimulada.(…) quizás sea cosa de comenzar a rememorar las cosas poco a poco, mientras nos aplicamos a la tarea de poner en orden el desorden inmediato.”

Faltos de relato histórico, huérfanos, diría yo, de relato histórico y casi de relato, los españoles vamos errantes por mor de la penuria cultural y últimamente de la penuria a secas. Así las cosas, resulta que Trueba no se ha “sentido” español ni cinco minutos en su vida y hace unos meses Yunqueras proclama en Salvados que España era para él como una suegra antipática que uno está deseando perder de vista.
En realidad, ¿qué es la identidad sino una serie de rasgos culturales, sociales y políticos compartidos en modo variable por cada cual? Hoy lo contaba un intelectual entrevistado por el  El Pais (no he sido capaz de encontrar el recorte): la identidad es algo individual. Hacer de lo individual algo colectivo, como siempre que se habla en nombre del pueblo, es un terreno abonado para el populismo, el nacionalismo y supongo que todos los ismos.

En realidad nadie debe meterse en las razones del corazón que acompañan el simbolismo íntimo con el que cada cual se siente más conforme, banderas, posters del ché o Los Secretos o estampitas de la virgen de tu pueblo.  Pero una cosa es la identidad y otra la nacionalidad. Uno es o no es español, sienta lo que sienta y lo adorne como lo adorne. Como diría la Mari Manene del pueblo de mi suegra, -pero hermoooosos…-, ¿no desayunáis de vez en cuando café con churros? Ea pues eres español, porque eso fuera es imposible ¿O es que acaso comes pepino crudo y yogur como en Turquía? A lo mejor eres turco y no lo sabes…

Eres español, pretendido amigo apátrida, quizás incluso contra tu voluntad, si haces un arroz con amigos y os tiráis tres horas de sobremesa o si pasas por la calle donde vive un colega y simplemente le dais un toque para que baje a tomar una caña. En caso contrario, tal vez seas alemán y le pidas una cita con dos semanas de antelación y te deje de hablar si llegas a tarde o lo cambias de día.

Sincérate contigo mismo, si en tu pueblo hay 5 veces más bares que farmacias, aprendiste a leer con Ibáñez y  te sabes el “Asturias patria querida” de memoria aunque no seas asturiano ni por el forro, seguramente eres un español involuntario. Probablemente, tu negación histórica, tiene que ver con el hecho de que no hayas pasado suficientes tardes comiendo pipas en un parque y hablando de la vida y eso explique que no te sientas identificado con la generación nocilla y el donuts de azúcar recién comprado. Tal vez, tú eras más de pepito de crema…

En definitiva, te has criado en España amigo. Te sorprende que en otros países no tengan cortinas ni persianas, hablas español a la perfección y además con un acento característico según donde hayas nacido pero no con un acento extranjero. Confiesa, en tu casa había un hermano que quería la tortilla con cebolla y otro sin ella y aún no lo has superado.

En la práctica, no puedes escapar del contexto...Lo de menos es que España sea lo que pone en tu pasaporte español, que te guste el himno o no o que te pintes la cara en los partidos o que no lo hagas. El caso es que no eres francés, ni chino, ni belga. No eres alemán, ni ruso. Puedes, incluso ser un freak de lo más extravagante y que en realidad lo que te emocione sea escuchar la estrofa del “Legal Alien” de Sting y pensar, -así, así me siento yo en España…like a legal alien in Spain- (pero no pronunciado con ese líquida, sino en E,  de ES-PAIN).  Eso me lo creo. No me choca nada. 

Es más, si te quejas de España, si maldices de España, si hablas pestes de España, es un indicio claro de españolidad. Si parodias España o Cataluña es signo claro de que te importa “a la española” porque los españoles tenemos que reírnos de lo que nos importa porque no sabemos, en tales circunstancias, ser nórdicos ni cartesianos o quizás es porque que expulsamos a los judíos hace siglos y perdimos con ello la oportunidad de un mayor mestizaje y rigor moral.

En realidad, sinceramente, me trae al pairo como haga cada cual con su mismidad. Lo que me parece inconcebible es carecer del más mínimo sentimiento de comunidad. Que no te importe lo que pasa en este país en el que te criaste, que te sea indiferente su devenir pero encuentres causas siempre lejanas que apoyar. Me parece marciano que se carezca del sentimiento solidaridad que sustenta, por ejemplo, el pacto entre generaciones que está en la base de nuestro sistema de pensiones o el pago de impuestos y su finción redistributiva. Ese yo me lo guiso y yo me lo como.

¿De verdad se puede ser totalmente ajeno a la historia, los valores y los recuerdos de tus padres, de tus abuelos y de cualquier antepasado tuyo? ¿Es posible vivir enajenado de tu propia infancia y de tu entorno sin algún tipo menor de afinidad o pertenencia?


En definitiva, no hace falta más que un mínimo tipo de sentimiento de comunidad social o política con los que te rodean. No matarás por ello (ni falta que hace), no harás campaña a favor, nunca comprarás banderitas ni las ondearás. Basta y sobra con un mínimo civilizador, la adhesión incondicional es voluntaria. Pero si te falta ese mínimo, entonces, eres un apátrida nihilista patológico cuya identidad no debería importarle un mierda a nadie. Y lo peor de todo (para ti) aunque tu ideal de vida esté siempre en otra parte y en ninguna, aunque quieras cambiar tu pasaporte español por uno del pato Donald e ir de ciudadano del mundo intergaláctico, te pongas como te pongas, eres español… y encima lo sabes.

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