jueves, 17 de marzo de 2016

Mi vida sin mi

No lo digo en el sentido que lo hacía Isabel Coixet en aquella peli. No es como imaginar o planear como será la vida que te rodea cuando ya no estés. Me refiero a cómo es, a menudo, la vida, tú vida cotidiana, sin un rastro claro de ti.Lo pensé este fin de semana. Cuando hacía los deberes de mates con mi hija, después las compras familiares, preparando una tortilla de patata, amasando plastilina para un trabajo del pequeño. En todo el día, mi única misión no ajena fue buscar un estanco abierto para comprar tabaco de liar. El resto de la semana, incluidas 50 horas de dedicación profesional, fue un encadenamiento de sucesos que ocurrían para dar sentido y orden a la vida de otros.
Hoy, una receta de El Comidista me llevó a otra que me llevó a la historia de Jack Monroe, una persona “trans no binaria”. Me llevó un tiempo entender la cuestión, puesto que Jack dice no ser ni mujer, ni hombre, ni querer ser a ciencia cierta una cosa o la otra y descubrir, de paso, que se puede tener no sólo una o varias, sino todas y ninguna identidad de género. La cosa es que pensé, ¡guau, esa sí es una conversación compleja con uno mismo….! Una conversación que, ciertamente, yo no podría tener, ya que en mi diálogo anterior hay más frases del tipo, ¿cuántas galletas maría pueden comer los niños a la semana? que una rutilante frase del estilo de, ¿quién soy yo realmente?

No creo que sea yo la primera en preguntarme quien-soy-yo-al–margen-de-mis-circunstancias. Es más, en esta suerte de crisis, sé que estoy con mi amigo “N” con quien solía comer coquinas con arena cuando éramos libres, con mi amiga “A” cansada de explicar a todos que hay más trajes que el traje vital que se enfunda la mayoría. Y en homenaje a todos los conflictos de andar por casa, comparto sentimiento y fotograma con la mujer que lloraba ante los helados del super en "Cosas que nunca te dije" (quien la vio se quedó con eso) porque "lo único" que quería era curarse el dolor con una tarrina grande de "Chocolate-chocolate-chip" y con ninguna otra cosa.

Así que siguiendo el silogismo inspirado en la historia de Monroe, supongo que me encuentro en un camino intermedio  es decir, “no-binario” en un sentido vital. Osea-se, en mi caso, no me identifico existencialmente ni con el cambio ni con la continuidad, no sé si voy o vengo o quiero seguir o cambiar algo, todo o nada. Vamos que me veo en una encrucijada, más o menos tolerable, entre la añoranza de la intensidad juvenil y la satisfacción por la moderación ganada después. Dicho sea de otro modo, que combino, según los días, un deseo de rebirthing sabor chocolate-chocolate-chip, con el afecto hacia la persona en la que me he convertido con los años.

Tal vez sólo necesite intercalar esta sucesión reciente de fotogramas protagonizados por otros, con un par de escenas protagonizadas por mí, en las que, por ejemplo, baile descalza en modo molinillo en alguna playa a la tarde o me regale unos fragmentos de una pieza lenta al piano de Keith Keniff, mientras me imagino, pongámos en Islandia, tumbada en aspa sobre la hierba y haciéndome una pregunta profunda como ¿Quién soy yo realmente?

martes, 2 de febrero de 2016

Listos imperfectos y perfectos idiotas


Puedo perdonar incontables defectos...como decía Oliverio, el poeta de la película de Subiela que buscaba a la mujer que supiera volar..."si no sabe volar está perdiendo el tiempo conmigo..." decía en su poema guionizado el poeta real Oliverio Girondo. A mí no me pasa con el tamaño de la nariz o las nalgas de las mujeres  ni con el amor. En mi caso, las líneas rojas que trazo a modo de mapa de lo que busco, es también el mapa de lo que voy descartando.
Como para mí lo más importante son las personas, me afano en escogerlas como compañía de entre la masa informe de gentes que es la humanidad.  Me pasa que siempre que reflexiono sobre lo que busco y aprecio en las personas, llego a un punto en que me inclino por el plano cognitivo. Simplificando mucho diría que me inclino más por los listos, y dentro de estos, más a los listos imperfectos que a los perfectos, entendidos estos como poseedores de una perfección cuadriculada que me suele resultar repelente. Queda deducido de lo anterior, pues, que mi antihéroe es un perfecto idiota, un idiota de manual, que diría Vargas Llosa.
Yo me refiero a un perfecto idiota en sentido amplio, siguiendo a Gardner y sus inteligencias múltiples, es decir un idiota que, aun disponiendo de alguna virtud académica, tiene por talento personal un triste erial.
Valoro pues la inteligencia. Pero la inteligencia clásica medida tipo test no basta. Ahí es donde entran en juego las imperfecciones, aristas y matices que actuarían de la misma forma que los surcos y relieves de una talla de madera convierten a un simple tronco en algo más.  Las debilidades, manías, miedos o inseguridades nos hacen humanos y a mi entender, dentro de un orden, interesantes. Algo así como no terminar de encajar en el molde.
Confieso además que soy irrecuperable a la decepción de un alma vacía. Padezco de horror vacui al alma mema, que se asemeja a la oquedad natural de un tronco con más aire que materia por el que se pasean joviales ardillas y ratones. 
A menudo, a excepción del frívolo o el patán cualquier tipo humano me parece entrañable. Me gustan los humanos distraídos, los inseguros o los outsiders (aunque tampoco es que sea conditio sine qua non estar desequilibrado para gustarme, de todo se cansa uno...). 
Pero es verdad que contemplando a fulanito el recién duchado, el pragmático y equilibrado fulanito que va enarbolando la verdad de las cosas, zas, zas, sin pena ni derrumbe, yo me digo...lagarto, lagarto...
Soy víctima de un prejuicio transversal, lo reconozco. Porque al aplicarlo no hago remilgos de ciencias o de letras, de izquierdas o las derechas, de edad, sexo, o cualquier otra variable sociológica.  Pero es que la levedad, como titulaba Kundera, me resulta insoportable. 
Y tras un largo circunloquio llegamos a la novedad. He descubierto (en modo conversación interior conmigo misma) que lo que busco es algo más, que me maravilla algo más de difícil explicación, lo que creo que llena el alma o la hace leve: la bondad o su ausencia. 
No he desarrollado aún la idea, sólo la dejo ahí, pendiente de una pensada larga, un poco de research sin obviedades y una puesta en común otro día…Sed buenos.

miércoles, 20 de enero de 2016

La nueva vieja era

Dicen algunos que ha empezado una nueva era. No sé si eso es cierto, empíricamente cierto o siquiera si es empíricamente posible validar dicho aserto o negarlo. Es como la  probatio diabólica que hace recaer la carga de la prueba en quien no puede demostrar nada. No puedo hacer, por tanto, una aproximación cercana a la VERDAD pero si una reflexión confusa, incierta y plenamente subjetiva de esa supuesta nueva era en la que lo nuevo engulle a lo viejo pero en la que las madres trabajadores llevan al escaño a su niño colgado de la teta como las mujeres recolectoras del neolítico en defensa del derecho fundamental a la crianza con apego.

Empezaré por el final. Estaba yo saliendo del Congreso y bajaba la carrera de San Jerónimo con una sensación de desasosiego, mezcla de esperpento y disgusto por una primera sesión constitutiva que parecía un circo de tres pistas y donde se olía más el tufo del rencor y la autosuficiencia que el verdadero aliento renacentista de un cambio de era. Más bien flotaba en el aire una suerte de escenificación de revancha en nombre de un pueblo del que, al parecer, no soy parte ni yo ni el 80% del país que no ha votado a Podemos.

Me parece necesario apuntar que a Podemos y todas sus Mareas les han votado algo más de 5 millones de personas de un total de 25,3 millones de votantes. Lo digo a los efectos de dimensionamiento de la sed de cambio de era (incluido un supuesto deseo de cambio de sistema) porque una cosa es admitir problemas graves en España, una evidente fragmentación del sistema de partidos y una estrategia de éxito de candidaturas conjuntas con Podemos y los partidos nacionalistas de izquierdas y otra muy distinta es aceptar sin más el peronismo que habla en nombre de un pueblo al que, en 8 de cada 10 casos, no representa.

El recurso a la política de masas, la cuidada puesta en escena que obligó a los Podemos a madrugar para reservar los asientos más centrales del hemiciclo para salir en la tele, bebé mediante, dando sensación de llenazo total, los puños en alto, las soflamas asamblearias, las caras de “me las pagarás”…estoy segura que excitaron las entrañas de un Monedero a mitad de camino entre Maki Navaja con su chalequillo y Lucky Luke con su pañuelo rojo al cuello. Lo digo básicamente en un plano más estético que ético aunque según Wittgenstein lo ético y lo estético sean, sencillamente, lo mismo.

Supongo que muchos, o algunos, pongamos un 20% de españoles o españoles salientes, se emocionaron hasta la lágrima con los podemitas saliendo del Congreso al mismo tiempo que yo bajaba la calle con la sensación de vértigo y desazón ante un intento de asalto de retórica bolchevique disfrazado de amor universal y justicia social. De hecho, conozco bien a algunas personas cercanas a mí que tal vez lloraron también auténticamente de emoción. Y el caso es que lograr seducir a un 20% de españoles anteriormente desperdigados y desmotivados no es poca cosa sino, por el contrario, una gesta de la que sus creadores pueden estar abiertamente orgullosos.

Yo, la verdad, no me emocioné. Hace tiempo que el marxismo no me llena ni me sirve para explicarlo todo. Que le voy a hacer, las teorías conspiratorias globales no son lo mío. Al contrario, me sentí en ese gran batallón del 80% de normales decadentes que no hemos pillado la alegría que supone la nueva era (que es algo así como la traducción marxiana de Iglesias de la "dictadura del proletariado" en la "Teoría de la Tuerka", ya ahondaré en ello en otro post). El 80%, en resumen, que entiende que "lo nuevo" no es levantar el puño y estar enfadado estructuralmente con el mundo, ni ajustar cuentas a bulto con todos los resistentes al cambio de era. De hecho, todo lo anterior es bastante viejo, viejo de tanto usarlo. Está, eso sí, muy inteligentemente vendido en una sociedad de gentes dolidas y desangeladas que han comprado este producto centenario en su envase premium.

Parece algo evidente que en una batalla de lo nuevo contra lo viejo importe poco a los nuevos lo que sientan los viejos. A fin de cuentas, lo nuevo es bueno per se, fresco y perfumado de células vivas y lo viejo pues eso, es viejo, rancio, decrépito. Como casi está muerto…pues en fin…es más bien como preocuparse por el ánimo de un zombi, de un muerto viviente.

Pero no es así como muchos mayores se sienten. Recuerdo una Feria del Libro en Madrid hace un par de años en la que compré un libro a Joaquín Leguina y comentamos un rato el panorama político que a mí me parecía entonces de lo más interesante. Podemos acababa de obtener 6 diputados en las Europeas. Y de repente él me dijo: ¿Sabes lo que pasa? Que yo soy ya mayor y no me hace ninguna gracia que se carguen mi país. Es decir, lo que entonces para mí era interesante para él, un hombre de izquierdas, culto y moderado, era ya percibido como una amenaza.

Es evidente que poco importa que la sonrisa y el miedo cambien de bando cuando uno pertenece al bando que suelta el miedo y abraza la sonrisa. Pero ojo con jugar a suma cero como si el miedo sólo pudiera repartirse y no superarse. Jugar a que si yo me río es porque tú estás jodido es una mala fórmula para construir comunidad, sociedad, pueblo o país. Salvo que la verdadera intención sea la ruptura redentora.

Soy consciente de que ese nuevo reparto de miedos hace a algunos sentirse poderosos y eso, sin duda, te levanta un palmo del suelo pero conviene no olvidar a todas esas personas anónimas que no buscamos la estabilidad del Ibex sino la estabilidad de llegar a casa junto a nuestros padres-cuidadores-de-hijos-que-no-llevamos-a-nuestros-trabajos y encontrarlos con las carnes abiertas ante tanto puño cerrado y tanta vena aorta reventona.

Creo que estamos jugando a un juego de la confusión que no pienso dejar pasar de largo. Niego la mayor. Aquí no hay nada nuevo. Y si la nueva era es el cordón sanitario al PP y sus más de 7 millones de votantes o a los 3,5 millones de ciudadanos que suponen la  ”nueva derecha” de Ciudadanos  y si sus enseñas son el puño en alto, la revolución obrera y el nada nuevo rencor de asusta monjas, me pido un poco de eso supuestamente trasnochado que es la moderación, el debate y el acuerdo. A sabiendas de que para estos nuevos esas palabras no sean más que el frame de resistencia de la clase dominante desde la superestructura.

Será, qué duda cabe, que me estoy haciendo mayor porque anhelo un país donde se dejan ya de tocar las pelotas con los bandos y las clases dominantes y se aprende a ser activista sin ser grosero (será esto una antinomia) y político sin ser sectario (es que estoy pidiendo lo imposible...) y donde se abstengan de plantear alegatos en mi nombre sin mi consentimiento (a ver si va a resultar que me estoy volviendo contrarrevolucionaria…)