miércoles, 20 de enero de 2016

La nueva vieja era

Dicen algunos que ha empezado una nueva era. No sé si eso es cierto, empíricamente cierto o siquiera si es empíricamente posible validar dicho aserto o negarlo. Es como la  probatio diabólica que hace recaer la carga de la prueba en quien no puede demostrar nada. No puedo hacer, por tanto, una aproximación cercana a la VERDAD pero si una reflexión confusa, incierta y plenamente subjetiva de esa supuesta nueva era en la que lo nuevo engulle a lo viejo pero en la que las madres trabajadores llevan al escaño a su niño colgado de la teta como las mujeres recolectoras del neolítico en defensa del derecho fundamental a la crianza con apego.

Empezaré por el final. Estaba yo saliendo del Congreso y bajaba la carrera de San Jerónimo con una sensación de desasosiego, mezcla de esperpento y disgusto por una primera sesión constitutiva que parecía un circo de tres pistas y donde se olía más el tufo del rencor y la autosuficiencia que el verdadero aliento renacentista de un cambio de era. Más bien flotaba en el aire una suerte de escenificación de revancha en nombre de un pueblo del que, al parecer, no soy parte ni yo ni el 80% del país que no ha votado a Podemos.

Me parece necesario apuntar que a Podemos y todas sus Mareas les han votado algo más de 5 millones de personas de un total de 25,3 millones de votantes. Lo digo a los efectos de dimensionamiento de la sed de cambio de era (incluido un supuesto deseo de cambio de sistema) porque una cosa es admitir problemas graves en España, una evidente fragmentación del sistema de partidos y una estrategia de éxito de candidaturas conjuntas con Podemos y los partidos nacionalistas de izquierdas y otra muy distinta es aceptar sin más el peronismo que habla en nombre de un pueblo al que, en 8 de cada 10 casos, no representa.

El recurso a la política de masas, la cuidada puesta en escena que obligó a los Podemos a madrugar para reservar los asientos más centrales del hemiciclo para salir en la tele, bebé mediante, dando sensación de llenazo total, los puños en alto, las soflamas asamblearias, las caras de “me las pagarás”…estoy segura que excitaron las entrañas de un Monedero a mitad de camino entre Maki Navaja con su chalequillo y Lucky Luke con su pañuelo rojo al cuello. Lo digo básicamente en un plano más estético que ético aunque según Wittgenstein lo ético y lo estético sean, sencillamente, lo mismo.

Supongo que muchos, o algunos, pongamos un 20% de españoles o españoles salientes, se emocionaron hasta la lágrima con los podemitas saliendo del Congreso al mismo tiempo que yo bajaba la calle con la sensación de vértigo y desazón ante un intento de asalto de retórica bolchevique disfrazado de amor universal y justicia social. De hecho, conozco bien a algunas personas cercanas a mí que tal vez lloraron también auténticamente de emoción. Y el caso es que lograr seducir a un 20% de españoles anteriormente desperdigados y desmotivados no es poca cosa sino, por el contrario, una gesta de la que sus creadores pueden estar abiertamente orgullosos.

Yo, la verdad, no me emocioné. Hace tiempo que el marxismo no me llena ni me sirve para explicarlo todo. Que le voy a hacer, las teorías conspiratorias globales no son lo mío. Al contrario, me sentí en ese gran batallón del 80% de normales decadentes que no hemos pillado la alegría que supone la nueva era (que es algo así como la traducción marxiana de Iglesias de la "dictadura del proletariado" en la "Teoría de la Tuerka", ya ahondaré en ello en otro post). El 80%, en resumen, que entiende que "lo nuevo" no es levantar el puño y estar enfadado estructuralmente con el mundo, ni ajustar cuentas a bulto con todos los resistentes al cambio de era. De hecho, todo lo anterior es bastante viejo, viejo de tanto usarlo. Está, eso sí, muy inteligentemente vendido en una sociedad de gentes dolidas y desangeladas que han comprado este producto centenario en su envase premium.

Parece algo evidente que en una batalla de lo nuevo contra lo viejo importe poco a los nuevos lo que sientan los viejos. A fin de cuentas, lo nuevo es bueno per se, fresco y perfumado de células vivas y lo viejo pues eso, es viejo, rancio, decrépito. Como casi está muerto…pues en fin…es más bien como preocuparse por el ánimo de un zombi, de un muerto viviente.

Pero no es así como muchos mayores se sienten. Recuerdo una Feria del Libro en Madrid hace un par de años en la que compré un libro a Joaquín Leguina y comentamos un rato el panorama político que a mí me parecía entonces de lo más interesante. Podemos acababa de obtener 6 diputados en las Europeas. Y de repente él me dijo: ¿Sabes lo que pasa? Que yo soy ya mayor y no me hace ninguna gracia que se carguen mi país. Es decir, lo que entonces para mí era interesante para él, un hombre de izquierdas, culto y moderado, era ya percibido como una amenaza.

Es evidente que poco importa que la sonrisa y el miedo cambien de bando cuando uno pertenece al bando que suelta el miedo y abraza la sonrisa. Pero ojo con jugar a suma cero como si el miedo sólo pudiera repartirse y no superarse. Jugar a que si yo me río es porque tú estás jodido es una mala fórmula para construir comunidad, sociedad, pueblo o país. Salvo que la verdadera intención sea la ruptura redentora.

Soy consciente de que ese nuevo reparto de miedos hace a algunos sentirse poderosos y eso, sin duda, te levanta un palmo del suelo pero conviene no olvidar a todas esas personas anónimas que no buscamos la estabilidad del Ibex sino la estabilidad de llegar a casa junto a nuestros padres-cuidadores-de-hijos-que-no-llevamos-a-nuestros-trabajos y encontrarlos con las carnes abiertas ante tanto puño cerrado y tanta vena aorta reventona.

Creo que estamos jugando a un juego de la confusión que no pienso dejar pasar de largo. Niego la mayor. Aquí no hay nada nuevo. Y si la nueva era es el cordón sanitario al PP y sus más de 7 millones de votantes o a los 3,5 millones de ciudadanos que suponen la  ”nueva derecha” de Ciudadanos  y si sus enseñas son el puño en alto, la revolución obrera y el nada nuevo rencor de asusta monjas, me pido un poco de eso supuestamente trasnochado que es la moderación, el debate y el acuerdo. A sabiendas de que para estos nuevos esas palabras no sean más que el frame de resistencia de la clase dominante desde la superestructura.

Será, qué duda cabe, que me estoy haciendo mayor porque anhelo un país donde se dejan ya de tocar las pelotas con los bandos y las clases dominantes y se aprende a ser activista sin ser grosero (será esto una antinomia) y político sin ser sectario (es que estoy pidiendo lo imposible...) y donde se abstengan de plantear alegatos en mi nombre sin mi consentimiento (a ver si va a resultar que me estoy volviendo contrarrevolucionaria…)




1 comentario:

  1. desde mi punto de vista la izquierda siempre ha tendido al rencor y odio (no todos las personas de izquierda, claro). Es como en el fútbol, los del Atlético de Madrid son "antimadridistas" mientras que los del Real Madrid simplemente pasan del Atletico.

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