jueves, 27 de abril de 2017

Las nociones ideales

Las personas idealistas somos, según la RAE en su primera acepción aquellas: 1. adj. Que propenden a representarse las cosas de una manera ideal. Las personas idealistas tenemos, por ello, un problema de conciencia cada vez que se abre una falla en alguna de las instituciones en las que creemos.
Hoy me referiré, por cuestiones de actualidad, a la política pero también me pasa con otras nociones susceptibles de ser idealizadas como la familia, el amor o la patria. Porque la corrupción que salpica esta semana la política, más que salpicar la emponzoña, la sumerge en una poza de decepción y fealdad.
Por doquier hay políticos procesados, investigados y condenados, judicial y extrajudicialmente. No oculto que hoy es el PP, pero tampoco que ayer lo fue CIU y anteayer el PSOE y de todo aquel partido que algún momento haya tocado poder en algún lugar del mundo. Porque para ser tentado y mancillado, en definitiva, hay que haber tenido al menos la oportunidad.
El caso es yo, esa muchacha, con incipientes patas de gallo, “idealista de toda la vida” va sufriendo su corazón de camino al trabajo. -¿Qué es la política?-me digo -¿No es ya el noble arte de gobernar con justicia los asuntos públicos?- Repito la pregunta para mis adentros. -¿Qué es la política?- Nuevamente la RAE me dice, en su séptima, octava y novena acepción que es: 7. f. Arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados.
8. f. Actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos.
9. f. Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo.
Ergo, hay varias cosas, no ideales, sino conceptuales a tener en cuenta. En efecto, la política puede estar relacionada con la actividad del Gobierno y con la actividad de quienes aspiran a obtenerlo. Y también, esto es crucial, de los ciudadanos cuando participan en los asuntos públicos de un modo y otro.
La política pues, puede ser tenida como una entelequia ideal, de tal modo ungida de valores y virtudes, que las persistentes noticias de corrupción hagan caer de súbito su imagen al abismo de los desengaños. O puede ser, es otra opción, vista con más realismo como, por cierto, hacía Nicolás de Maquiavelo. Pensaba esto y me resultaba curioso que los portavoces de la “nueva política” hubieran construido un “frame” (un marco explicativo) que es, a la vez, realista (lo que es) y normativo (lo que debe ser). Tal vez no es un mal “approach” porque, desde luego, en mi experiencia personal con la política aprecio dosis de ambas nociones.
Es verdad que hay una cierta elevación moral, ética y un cosquilleo especial al pisar el Pasillo de Pasos Perdidos en el Congreso de los Diputados o leer en el BOE una pequeña aportación técnica en un texto legal o un speech televisado donde una reconoce una frase como propia y se siente parte de la comunidad política y el juego democrático.
Pero también hay mucha realidad de trabajo diario, de conversaciones cotidianas con gentes corrientes y decentes para gestionar políticas públicas, de horas perdidas y ganadas a la vida personal que son más bien de andar por casa. Simplemente oficio. Porque la política no es sólo lo normativo ideal sino también un oficio como otros con un ingente trabajo de despacho, transacción y gestión de la realidad tal y como es y no como querríamos que fuera. Un oficio que muchos ejercen bien y que otros, en cambio, aprovechan en beneficio propio.
Al final, en lugar de ponerme histérica e hiperventilar, concluyo en que nada es enteramente ideal. Todo, el amor, la política, la familia, todos los grandes conceptos, tienen su carne, su piel y sus vísceras aunque por detrás queramos que tengan también una bonita alma ejemplar que los eleve.
Como en el amor o la política, las decepciones son recurrentes. No todo son besos en andenes en los que se para el tiempo. También hay épocas bajas. Pero luego corre el aire y se toma distancia. Luego se hace justicia en parte, las cosas se recolocan. Se separa el grano de la paja, se distingue, se castiga o se perdona y uno, finalmente, hace balance a partir de la experiencia vivida. Y una no deja durante el proceso de creer en el amor, y tampoco deja de creer en la política.
La política en la que yo he trabajado durante una década no tiene nada que ver con esta ponzoña insufrible. La mía está llena de conversaciones, de debates de enmiendas, de ensayos, errores y aciertos. Llena de conferencias, de jornadas y congresos, de bocadillos en gasolineras y menús del día. Llena de versiones de documentos, de intentos de comprender y plazos por cumplir. Mi experiencia es ajena a operaciones financieras y sucias mordidas. Mi experiencia está limpia como una patena gracias al escrúpulo propio y a la ajena mirada del cuerpo de interventores ante la más nimia factura de un donut de azúcar sin justificar.

Mi experiencia es también esa parte de la verdad política de la que nadie habla. Mi auténtica experiencia política imperfecta con su toque de resplandor ideal. Es mi historia pero no viene hoy en la portada de ningún periódico ni nunca mereció un capítulo de “Salvados”. Lo que no le resta, by the way, ni un ápice de interés.

martes, 4 de abril de 2017

Una casa con cortinas

Hoy he vuelto a la bici, tal vez acuciada por la inminente ingesta de torrijas pero también alentada por la primavera que da un respiro al frío, los vientos y las lluvias. Además, la bicicleta es un método excelente para la reflexión porque te concede un horizonte largo y porque despega, a la par, pulmones y mente.
El caso es que hace una semana, en la reunión de sociólogos a la que me invitan desde hace años (todos, por cierto, gentes más ilustradas y prudentes que yo,) salió el tema de la confianza como elemento de amalgama social. En el sentido de que, se supone que, cuanto mayor es el grado de confianza entre las gentes de una comunidad, mayor es el potencial de agencia de la sociedad civil. Es decir, una sociedad es más civilizada, más activa y más relevante, cuanto mayor es el grado de confianza que los unos tenemos en los otros (se entiende que porque cumplimos y somos dignos de ella). Y esto en términos socio-políticos equivaldría a convertirnos en un quinto poder colosal (pero, a diferencia del “pueblo” para los populismos, tendríamos voz, o mejor voces propias y no andaríamos aborregados detrás de un líder o de varios)
En aquella conversación sobre confianzas, como suele ocurrirme, hablé de más, me lancé a conjeturar deprisa, algo enormemente osado en un contexto de sabios científicos, basándome únicamente en la observación participante, o sea, en mi experiencia de observadora de la tribu.
Siempre que lo hago me siento después algo torpe y culpable, pero también siempre recaigo en el asunto porque, como el escorpión y la rana o la misma piedra, es mi naturaleza y mi tropiezo habitual. Pese a ello, como esto no es una tesis doctoral sino una reflexión de bicicleta, creo que puedo permitirme la licencia de seguir desarrollando el tema straight ahead. Y el tema para mí era que el déficit de confianza que señalaba la encuesta, a mon avis, aparecía sobrevalorado, porque el español, es así, no hace falta ser Confucio, suele hablar mal del otro si le preguntas pero, en la práctica, confía más de lo que dice o en otras palabras confía “en el fondo”. ¿Por qué? Mi teoría es que, como suele ocurrir, funcionamos con clichés, algo que ayuda al proceso cognitivo y evita tener que hacer un ejercicio de hipótesis y falsación popperiano cada vez que uno opina de algo. Y la cuestión es que nuestro cliché del otro es, en buena medida, caricaturesco y muy superficial. Ese es un signo de españolidad. Pero no el único.
La simplificación crítica es, en efecto, un rasgo que nos compaña en todo, en la imagen de la democracia y su ejercicio, en la opinión pública y publicada y en las sobremesas de las casas y los cafés con las amigas (bueno, pensándolo bien, en los cafés de las amigas es probable que se profundice más que en el otros foros pretendidamente más académicos…las tertulias de hombres son otra historia…)
Bueno que me voy. Que vuelvo. Entonces, cómo somos realmente los españoles. ¿Confiamos algo más que menos o viceversa? ¿Cómo es posible que nos guste rozarnos, amontonarnos, hablar y reír juntos y luego nos cobijemos en nuestra casa con cortinas cerradas a salvo de las miradas de los otros? ¿Cómo es eso de ser a la vez muy abiertos y muy cerrados?
Para comprenderlo, de todas las teorías de mi querido Víctor Pérez-Díaz, esas mismas que suelo aberrar cuando las analizo en modo olfativo, me quedo en esta ocasión con la que versa sobre el papel predominante de la familia en España o lo que es lo mismo, el familismo español como elemento sociológico clave para entender nuestro comportamiento social.
Me sirve porque explica por qué somos “desconfiados” o atribuimos escasa reputación al otro (el vecino, el fontanero, el taxista o el político) pero también por qué lavamos en casa todo trapo sucio que haya que limpiar y por qué acudimos en socorro de hijos o hermanos caiga quien caiga y sean estos culpables o inocentes de su situación. Ergo, por qué somos más exigentes con los de fuera que con los de dentro y somos exhibicionistas con lo ajeno pero pudorosos con lo propio.
En definitiva, la teoría de la bicicleta funcionaría así: la confianza es plena con la madre, pongamos por caso, pero se va diluyendo a medida que ampliamos el círculo ad infinitum. Porque cerca del núcleo sí confiamos, confiamos en la elección de médico por referencias próximas, en la peluquería de siempre, en la marca de casa “de toda la vida”, confiamos en los amigos de nuestros amigos y en las empresas de los amigos de nuestros amigos, en todos esos elementos que huelan a familiar. Y en sentido contrario, lo que se salga del círculo nos huele a chamusquina. Vete tú a saber esos en qué andarán metidos…
INCISO A PARTE: Por razones como las expuestas, el conocido capitalismo de amiguetes, por ejemplo, posee un fuerte anclaje social allí donde la familia funciona como en España y en sentido inverso, sólo la globalización podrá romperlo a través de estrategias abiertas como la venta on-line y la internacionalización de las empresas.
Porque la cercanía física es clave en nuestro país. Alguien a quien pondríamos a parir en un bar, se convierte pronto (pongamos tras unas cañas, un trayecto en tren o un Paquito el chocolatero) en un “colega” que es la excepción que confirma la regla de los fontaneros, los taxistas y los políticos. Y llegados a este punto, ¿cuál es la conclusión social? ¿Tenemos un problema como se apuntaba en la discusión sociológica o tenemos remedio?  ¿Es la nuestra una versión social incívica o por civilizar o, por el contrario, una versión mediterránea ordenada, sí, pero según unas reglas basadas en la cercanía afectiva?
Yo, probablemente, siguiendo a mi pituitaria, creo que es más esto último. En conclusión, creo que somos, podríamos decir, un país de gentes majas, criadas con amor por nuestras familias, confiadas en buena medida, pero proclives a la lealtad al círculo próximo que, a menudo nos protege. Por es eso nuestra movilidad geográfica es escasa y, en parte, por eso nuestra emancipación es tardía o indefinidamente pospuesta.
Somos majetes, de eso no hay duda. En eso quiero complacer a Rajoy hablando bien de España. Pero no nos vendría mal tampoco abrir un poquito el círculo y viajar socialmente a lugares y círculos distintos de los que a cada cual nos haya correspondido. Y eso va de viajar de abajo a arriba y de arriba abajo. Porque eso de viajar, es un consenso básico, abre la mente mucho, más incluso que la bicicleta. A mí me ha ido bien. Pero eso ya es otra historia.